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#recomendacioes2017

#Recomendaciones2017

“El hombre que pisó su sombra y Mi animalito” de Gustavo Roldán. Ilustraciones de Eleonora Arroyo
Dos poemas clásicos del gran escritor para niños  Gustavo Roldán en una reedición de Loqueleo pensada especialmente para Primeros Lectores. Escrito en imprenta mayúscula con ilustraciones a todo color página plena súper divertidas.
La primera una historia sin fin del hombre que pisó su sombra y…
Y luego un niño nos cuenta cómo es su “animalito” y las cosas que le gusta hacer con el.
Un libro hermoso para compartir los pasos de los que se animan a leer solitos, para leer y volver a leer juntos.

 

LA PLAPLA de María Elena Walsh

LA PLAPLA de María Elena Walsh

FELIPITO TACATÚN ESTABA HACIENDO LOS DEBERES. INCLINADO SOBRE EL CUADERNO Y SACANDO UN POQUITO LA LENGUA, ESCRIBÍA ENRULADAS “EMES”, OREJUDAS “ELES” Y ELEGANTÍSIMAS “ZETAS”.
DE PRONTO VIO ALGO MUY RARO SOBRE EL PAPEL.

–¿QUÉ ES ESTO?, SE PREGUNTÓ FELIPITO, QUE ERA UN POCO MIOPE, Y SE PUSO UN PAR DE ANTEOJOS.
UNA DE LAS LETRAS QUE HABÍA ESCRITO SE DESPATARRABA TODA Y SE PONÍA A CAMINAR MUY ORONDA POR EL CUADERNO.

FELIPITO NO LO PODÍA CREER, Y SIN EMBARGO ERA CIERTO: LA LETRA, COMO UNA ARAÑA DE TINTA, PATINABA MUY CONTENTA POR LA PÁGINA.

FELIPITO SE PUSO OTRO PAR DE ANTEOJOS PARA MIRARLA MEJOR.
CUANDO LA HUBO MIRADO BIEN, CERRÓ EL CUADERNO ASUSTADO Y OYÓ UNA VOCECITA QUE DECÍA:
–¡AY!

VOLVIÓ A ABRIR EL CUADERNO VALIENTEMENTE Y SE PUSO OTRO PAR DE ANTEOJOS Y YA VAN TRES.
PEGANDO LA NARIZ AL PAPEL PREGUNTÓ:
–¿QUIÉN ES USTED SEÑORITA?

Y LA LETRA CAMINADORA CONTESTÓ:
–SOY UNA PLAPLA.

–¿UNA PLAPLA?, PREGUNTÓ FELIPITO ASUSTADÍSIMO, ¿QUÉ ES ESO?

–¿NO ACABO DE DECIRTE? UNA PLAPLA SOY YO.

–PERO LA MAESTRA NUNCA ME DIJO QUE EXISTIERA UNA LETRA LLAMADA PLAPLA, Y MUCHO MENOS QUE CAMINARA POR EL CUADERNO.

–AHORA YA LO SABES. HAS ESCRITO UNA PLAPLA.

–¿Y QUÉ HAGO CON LA PLAPLA?

–MIRARLA.

–SÍ, LA ESTOY MIRANDO PERO… ¿Y DESPUÉS?

–DESPUÉS, NADA.

Y LA PLAPLA SIGUIÓ PATINANDO SOBRE EL CUADERNO MIENTRAS CANTABA UN VALS CON SU VOZ CHIQUITA Y DE TINTA.

AL DÍA SIGUIENTE, FELIPITO CORRIÓ A MOSTRARLE EL CUADERNO A LA MAESTRA, GRITANDO ENTUSIASMADO:
–¡SEÑORITA, MIRE LA PLAPLA, MIRE LA PLAPLA!

LA MAESTRA CREYÓ QUE FELIPITO SE HABÍA VUELTO LOCO.
PERO NO.
ABRIÓ EL CUADERNO, Y ALLÍ ESTABA LA PLAPLA BAILANDO Y PATINANDO POR LA PÁGINA Y JUGANDO A LA RAYUELA CON LOS RENGLONES.

COMO PODRÁN IMAGINARSE, LA PLAPLA CAUSÓ MUCHO REVUELO EN EL COLEGIO.
ESE DÍA NADIE ESTUDIÓ.
TODO EL MUNDO, POR RIGUROSO TURNO, DESDE EL PORTERO HASTA LOS NENES DE PRIMER GRADO, SE DEDICARON A CONTEMPLAR A LA PLAPLA.
TAN GRANDE FUE EL BOCHINCHE Y LA FALTA DE ESTUDIO, QUE DESDE ESE DÍA LA PLAPLA NO FIGURA EN EL ABECEDARIO.
CADA VEZ QUE UN CHICO, POR CASUALIDAD, IGUAL QUE FELIPITO, ESCRIBE UNA PLAPLA CANTANTE Y PATINADORA LA MAESTRA LA GUARDA EN UNA CAJITA Y CUIDA MUY BIEN DE QUE NADIE SE ENTERE.

QUÉ LE VAMOS A HACER, ASÍ ES LA VIDA.
LAS LETRAS NO HAN SIDO HECHAS PARA BAILAR, SINO PARA QUEDARSE QUIETAS UNA AL LADO DE LA OTRA, ¿NO?
FIN

Fuente: http://tra62.blogspot.com.ar/

EL PATIO de María Elena Walsh

EL PATIO de María Elena Walsh

Ésta era una escoba que se aburría. Estaba en un rincón del patio, con la paja para arriba. Eso no le gustaba, porque la paja eran sus piernas y también sus manos. Estar en un rincón, patas arriba, y para colmo en un patio tan sucio, ¡qué mortadela de vida!

Las hojas secas, las pelusas, los diarios viejos, los carozos de banana, los pelos de gatiperro, las cáscaras de aceituna y las latas vacías le hacían cosquillas en la punta del palo, que era su cabeza, y ella pensaba (en el suelo) que alguien la debía llevar a barrer alguna vez.

Su abuela le contaba que en sus tiempos, los chicos se entretenían en montar una escoba, jugando al caballito, pero eso nunca le había pasado.

Un día alguien tiró junto a ella un trapo de piso. El trapo se le enredó en la cabeza como una bufanda. O como una media de lana. O como el turbante de Arafat.

-¡Qué asquete! -pensó la escoba.

Y el trapo, que estaba sucio, pero no era zonzo, la oyó.

-Por lo menos te acompaño y te abrigo -le dijo.

-Tengo frío no -dijo ella-, aburrida pero estoy, cuento un contame, dale.

Pero el trapo no entendió, porque la escoba trabucaba las palabras al estar con la cabeza para abajo. Además, no recordaba ningún cuento.

La familia de la casa era buena gente, pero no tenía ganas de ocuparse del patio.

Los chicos prometían baldearlo cada verano y después se iban a los videojuegos.

Un domingo se fueron todos al Zoológico, y entonces entraron dos ladrones. Cargados con el televisor, la licuadora, una lata de galletitas, un par de zapatillas y el reloj de cucú, quisieron escapar por el patio.

Cuando los vio, la escoba se cayó del susto, con tal puntería que un ladrón tropezó con ella y se rompió el coco. El trapo dio un salto y se le enredó al otro ladrón en la cabeza, que asustado empezó a disparar tiros a la bartola.

Al oír el tiroteo, el vigilante de la esquina se despertó y entró corriendo en la casa, después de abrir la puerta de un patadón inútil, porque ya los cacos la habían forzado.

Se agarró el pie golpeado y saltando en una pierna llegó al patio, empuñó la escoba y de un buen escobazo en la mano del asaltante, hizo volar el arma, que cayó patinando hasta chocar con una maceta petisa. ¡Poiiiing!

De la maceta colgaba un helecho grande como una peluca de gigante.

El policía esposó a los ladrones y los llevó presos, a la vista de todos los vecinos, que aplaudieron como en el teatro y revolearon camisetas.

Los presos declararon que habían sido atacados por una escoba asesina y un trapo feroz.

Esto lo supo la familia cuando encontró su televisor y sobre todo su reloj de cucú despanzurrados por ahí, como otras basuras.

Entonces vieron lo sucio que estaba ese pobre patio y a pesar de que ya oscurecía se pusieron a baldear con alma y vida. Los chicos terminaron bailando con la escoba y al trapo lo colgaron, limpito, de un alambre, donde se hamacó hasta hartarse.

La tortuga Manuelita, que estaba durmiendo a pata suelta bajo el helecho, despertó sobresaltada y se desveló para el resto del invierno.

No quiso saber nada más de ese patio ni de esa maceta ni de ese helecho ni de esa escoba ni de ese trapo de piso ni de esos ladrones ni de ese vigilante ni de ese reloj de cucú ni de esos pelos de gatiperro.

¡Mucho menos de los carozos de banana! Y decidió irse a recorrer el mundo.
FIN

Del libro: Manuelita ¿dónde vas?, de María Elena Walsh. Colección: AlfaWalsh, 2006
Edad: Desde 10 años. (Alfaguara infantil)
“Tanto alboroto se armó en el patio de la casa, que Manuelita se despertó. Y como ya no pudo volver a dormirse, decidió salir a recorrer el mundo. En Manuelita ¿dónde vas? vas a encontrar las insólitas historias que fue juntando la famosísima tortuga a lo largo de su loca travesía por diversos lugares.”

Fuente: http://biblioitinerante.blogspot.com.ar/

 

EL CHINGOLO de Gustavo Roldán

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EL CHINGOLO de Gustavo Roldán

Nunca fue tonto el Chingolo; incluso algunas veces tuvo problemas por ser demasiado pícaro, pero hasta al mejor cazador se le escapa la liebre…

Y esa vez se descuidó de puro abreboca. O tal vez no, tal vez estaba demasiado cansado por haber estado todo el día persiguiendo chingolitas. Estas cosas no se saben nunca con toda claridad.

Lo cierto es que una mañana muy fría, en que cayó una helada como para enfriar hasta el infierno, el Chingolo se despertó con las patitas en un charco que se había congelado.

Logró dar algunos saltos con las patas metidas en el trozo de hielo, pero no había formas de sacarlas de ahí. Entonces comenzó a buscar ayuda.

-Señor Sol –le dijo al Sol-, ¿podría ayudarme y derretir este pedazo de hielo que me tiene preso?

-Lo haría con gusto –dijo el Sol-, pero no puedo porque me ataja una Nube

-Señora Nube, ¿podría ayudarme y derretir este pedazo de hielo que me tiene preso?

-Me gustaría ayudarte – dijo la Nube-, pero no puedo porque me empuja el Viento.

Señor Viento, ¿podría ayudarme y derretir este pedazo de hielo que me tiene preso?

-Nada me gustaría más que ayudarte – dijo el Viento-, pero no puedo porque me ataja el Quincho.

-Señor Quincho, ¿podría ayudarme y derretir este pedazo de hielo que me tiene preso?

-Lo haría, Chingolito, claro que lo haría, pero no puedo porque me quema el Fuego.

A los saltos, siempre con las patitas juntas, fue a buscar al Fuego.

-Señor Fuego, ¿podría ayudarme y derretir este pedazo de hielo que me tiene preso?

-Lo haría con toda alegría, pero no puedo porque me ataja la Piedra.

-Señora Piedra, ¿podría ayudarme y derretir este pedazo de hielo que me tiene preso?

-Me gustaría –dijo la Piedra-, pero no puedo porque sólo el Hombre me mueve de mi lugar.

El Chingolo nuevamente saltó y saltó con las patitas juntas, hasta que llegó a la casa del Hombre.

Y con todo cuidado rompió el trozo de escarcha y dejó libres las patitas del Chingolo. Pero de tanto andar a los saltos con las patas juntas ya se había acostumbrado a vivir así.

Y así siguió para siempre. Y también para siempre se quedó cerca de la casa del Hombre, comiendo los trocitos de maíz que nunca dejan de caer del mortero, unas veces porque saltan con los golpes y otras veces porque el Hombre saca un puñado bien molido y lo desparrama para que no le falte comida a este compañero tan alegre y divertido.

Fuente: http://www.cuentosparachicos.com/

Dominó de Cecilia Pisos

Dominó de Cecilia Pisos

¿Y si voy corriendo? No, mejor a caballo. Si voy corriendo, pareceré un simple mensajero entre dos reinos. En cambio, si voy a caballo, una, voy a transpirar menos, y dos, que será más probable que me llamen “caballero”, como a mí me gusta.

Ahora que ya estoy montado, ¿cruzo o no cruzo el puente? Si cruzo el Puente de la Mala Suerte, llego hasta la torre de la princesa pero me pego la mala suerte seguro. Si no lo cruzo, me quedo aquí tranquilito comiendo mi pan con queso pero de la princesa, no veo ni un rulo.

Y bueno, me arriesgo, cruzo. ¡Ay, mamita! ¡Qué miedo! Si pierdo el equilibrio, me caigo del caballo y me raspo las rodillas con las Filosas Piedras del Fondo. Si no lo pierdo, dicen que el puente se hace más corto a partir de la mitad.

A ver, a ver, no lo pierdo nada el equilibrio, porque yo, cuidadoso soy. Listo. Sano y salvo del otro lado. ¿Ahora qué sigue?

Uy, el camino se divide en dos. ¿Por dónde voy? A la derecha dice: “Sendero Oscuro” y a la izquierda, “Desfiladero de la Desdicha”. ¡Guau! Tengo que sentarme a pensar. ¿Me siento en esa roca o en la rama de este árbol? Si me siento en la roca, me voy a mantener despierto y seguro tendré las ideas bien claras. Si me siento en la rama tal vez me entretenga con el canto de algún pajarito o quizás me adormezca, apoyado en las hojas verdes. Y entonces tendré unos pensamientos lentos y retorcidos como las enredaderas, que dan vueltas y vueltas y nunca sacan nada en limpio.

A la roca. ¡Auch! Está un poco dura, por cierto. Y bien, ¿dónde estábamos? Ah, sí. Que el Sendero Oscuro o el Desfiladero de la Desdicha. En el Sendero Oscuro andaré a ciegas, puede llegar a haber un pozo y como no lo voy a ver, caeré de lleno en él. Habrá fieras salvajes de las que sólo me enteraría por el brillo de sus ojos… Alguien, un monstruo horrible de diez cabezas, quizás, también podría seguirme y yo ni cuenta darme… En cambio, por el Desfiladero de las Desdichas, el aire es tan transparente que me lastimaré los ojos y entonces lloraré, las lágrimas empaparán mi capa y llegaré hecho un completo desastre ante la princesa. Es claro, por el Bosque Oscuro. Andando.

¡Aaaaaagggggg! ¡Pum! ¡El pozo que me imaginaba! ¿Qué hago? O tejo unas escaleritas de raíz con mucho esmero y mi daga o le chiflo al fiel Bustamante y le tiro una soga para que me remonte hasta arriba. Con lo de la escalerita, voy a tardar demasiado, mejor chiflo: ¡¡¡¡¡fuiiiiiiiiii!!!!!

¿Responderá Bustamante o vendrá algún ogro maléfico que atraído por mi chiflido observará cómo he caído en desgracia, o mejor dicho en el pozo? Si viene Bustamante, enseguida salgo porque es un caballo muy inteligente y me adora. Pero si viene el ogro, mejor que me tape la cara con la capa para que no me reconozca por el chiflido.

¡Ay, la cabezota del ogro! Ya metió la mano el muy tunante y sus dedotes rascan la tierra buscándome… me está sacandoooooooo… ¡afueraaaaaa! Siento el aliento de su bocota y veo su baba caer por el costado como una catarata. Me acerca a sus dientes. No debo dejar que me coma. Si me traga, adiós, mundo cruel, terminaré en la letrina de su mugroso castillo. Si consigo escaparme, me voy a dar un flor de chichón al tirarme desde tan arriba al piso. Preferible el chichón.

Pero, ¿cómo logro que me suelte: le hago cosquillitas con la pluma de mi sombrero o lo pellizco? Si lo pellizco, se va a enfurecer y tal vez apriete más su mano o me clave antes su espantoso y único diente. Mejor, las cosquillitas, que, si no me suelta, por lo menos lo voy a poner de buen humor. Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja… ya está. En el piso otra vez y ¡fuera del pozo! Ahora sí, le chiflo a Bustamante, allá viene. ¡En marcha!

Ah, ¡qué bueno es cabalgar
por el mundo a todo dar,
entonando esta canción,
sin pensar y sin dudar!

¿Qué es ese fuego, allá, por donde sigue el camino? ¿Pasaré, pasaré o me quemaré? Oh, ya veo: es el Dragón de las Siete Llamas, con una te chamusca, con las otras seis, te asa.

Ahora debo decidir: o le hago sacar sus alas a Bustamante y pasamos volando entre el humito o me pongo a excavar ya mismo un túnel. Si le inflo las alas a Bustamante, lo más seguro es que pasemos inadvertidos, mezclados en algún enjambre de pegasos o tal vez, el dragón nos vea y nos pegue el manotazo. O mejor, dicho, el garratazo. Si cavo, puede ser que lleguemos convenientemente a las mazmorras del castillo de la princesa. Pero también puede que, entre tantas raíces retorcidas, equivoquemos el camino y aparezcamos del otro lado del mundo. Y muy lejos de la princesa, por cierto. Mejor, volamos, ¿no, mi caballito? ¡Hacia allá! ¡Aleteando sin parar!

¡Ya está! Pasamos entre sus garras ardientes y ni nos vio. Son un poco tontines los dragones, creo.

¡Ahora, sí! Ya veo cómo tocan el horizonte las torres del castillo de la hermosa princesa… ¿Estará en su pieza o en la azotea? Porque si está en la azotea, puedo aterrizar directamente con Bustamante y ahí mismo arrodillarme y declararle mi amor, sin que ningún guardia lo note. Pero si está en su pieza, voy a tener que conseguir una escalera para asomarme a la ventana, no hay dudas. A ver, mi caballito, planeemos bien cerca del castillo, así puedo ver dónde se encuentra.

En la pieza, sonamos. A buscar la escalera.

Por suerte estaba esta apoyada en la muralla, debe ser la que usan en este reino para treparse y matar a flechazos a los enemigos. Quedate aquí, Bustamante, los dos no podemos subir.

Ah, me mareo, ya sabía yo que el vértigo me iba a arruinar la carrera de príncipe. ¿Y si no subo nada? ¿Y si le grito desde aquí? Si le grito, capaz que me escucha el padre y me tira encima los guardias o los cocodrilos del foso. Y si me quedo callado, desde aquí abajo no me va a ver y a lo mejor, me descubre el capitán, si se pone a ordenar las cosas de las batallas y busca la escalera. Mejor sigo subiendo, despacito, escalón por escalón y sin mirar para abajo.

Así, así, muy bien… Ya casi estoy… me arreglo el sombrerito, las calzas, las hebillas de los zapatos y la llamo: ¡Princesa! Ahí sale. ¿Y ahora qué hago: me declaro de a poquito, le voy, así, preguntando por el tiempo y después hablamos de cómo le va en la escuela y qué figuritas colecciona y al final, le digo? ¿O mejor la agarro de repente y no la dejo pensar, así me dice que sí y no lo duda?

La agarro de repente, a ver:

—Adoradísima dama de mis sueños, excelentísima princesa de mi corazón: he pasado todos los desafíos que me salieron al encuentro, me perdí en los caminos, me sometí a los peligros de la oscuridad, al fétido aliento de un ogro, a la garra calcinante de un dragón, a las alturas más vertiginosas sin un asomo de duda porque yo, oh, princesa, te amo. Ahora decime, ¿quieres casarte conmigo: sí o no?

—No.

—Pero… pero… ¿”No” así nomás, de golpe o ya lo tenías pensado de antes?

—No.

—¿No qué: no de golpe o no de antes?

—No.

—¿Definitivo o provisorio? ¡Princesa! No, no huyáis. ¡No me abandonéis! ¡Princesa! ¿Princesa? ¿Qué hago acá parado? ¿Me bajo o espero?. Mejor bajo.

Vámonos, Bustamante, vámonos a casa a jugar al dominó. El que saca doble seis, empieza. Esperá un poquito, ahora que lo recuerdo… ¿dónde me dejé la caja del juego? ¿Estará en la mesa del jardín o en el cajón de los juguetes?


Cecilia Pisos (ceciliapisos@yahoo.com.ar) es Licenciada y Profesora en Letras. Como escritora y poeta, se dedicó especialmente a los libros escolares y a la literatura infantil y juvenil.

Fuente: http://www.imaginaria.com.ar/

EL ENANITO Y LAS SIETE BLANCANIEVES – MARÍA ELENA WALSH

EL ENANITO Y LAS SIETE BLANCANIEVES – MARÍA ELENA WALSH

En una casita del bosque de Gulubú, estaban sentadas 7 chicas escuchando la radio.

Eran las 7 hijas del jardinero Nieves.
Por la radio cantaba el grillo Canuto.
-¡Qué bien canta este grillo!, suspiraron las 7 señoritas embelesadas, ¿dónde habrá estudiado canto?
Cuando el grillo Canuto terminó, entre grandes aplausos, contó que había estudiado canto en la escuela del profesor enanito Carozo.
En cuanto oyeron esto, las 7 chicas de Nieves salieron disparando por el bosque.
Preguntaron a todo bicho viviente, pero nadie supo informarles dónde quedaba la dichosa escuela.
Hasta que se encontraron con el sapo Ceferino –un sapo muy sabio- que estaba leyendo el diario al revés. Le preguntaron:
-¿Usted no sabe, señor Sapo Ceferino, dónde queda la escuela del profesor enanito Carozo?
Y el sapo les contestó sabiamente:
-Guau.
Así informadas, salieron corriendo hasta que en una esquina del bosque encontraron un cartel que decía:

ESCUELA VIRUELA DE PICOPICOTUELA

DEL PROFESOR ENANITO CAROZO

Allí estaba el profesor sentado detrás de su escritorio que, como todo el mundo sabe, era un hongo.

-¡Queremos estudiar en su escuela!, gritaron todas al mismo tiempo, ¡queremos que nos enseñe a cantar como el grillo Canuto!
El profesor se asustó mucho y trató de explicarles que en su escuela sólo había alumnos chiquitos: grillos que estudiaban canto, arañas que estudiaban tejido, ranas que aprendían natación.
Pero ellas insistieron tanto que fue inútil que el profesor enanito Carozo les dijera que era peligroso inscribirlas porque en cualquier momento podían pisar a los alumnos.
Las chicas prometieron caminar con las manos para no pisarlos, y el profesor se decidió por fin a inscribirlas.
Sacó un lápiz y un montón de papelitos, papeletas, papelotes y papelones, y les preguntó:
-¿Nombre?
-Blancarucha.
-¿Apellido?
-Nieves.
-¿Profesión?
-Señorita.
-¿Nombre?
-Blancachofa.
-¿Apellido?
-Nieves.
-¿Profesión?
-Señorita.
Y así anotó a las restantes, que se llamaban: Blancarita, Blancarota, Blancarina, Blancarufa y Blancatula Nieves.
Ya iba a empezar la clase de canto, cuando de atrás de un árbol salió el inspector de escuelas del bosque de Gulubú, que también era enanito pero más grande, es decir, enanote.
-¿Qué es esto?, rugió el inspector.
El profesor Carozo se cayó sentado del susto y sólo atinó a tartamudear:
-S…s…son las… se…. señoritas de Nieves, señor inspector.
-¡Venimos a aprender a cantar como el grillo Canuto!, dijeron las 7 al mismo tiempo.
El inspector sacó un librote de adentro de su gorro, lo abrió y empezó a hojear.
-Esto no puede ser, dijo. El reglamento de escuelas de Gulubú dice que no puede haber un enanito y 7 Blancanieves. Imposible. Voy a cerrar la escuela.
-Pe… pero, se… señor inspector, tartamudeaba Carozo.
-Nada de peros, ¿dónde se ha visto? La aritmética y la historia nos enseñan que puede haber una Blancanieves y 7 enanitos, pero jamás, réquete jamás más, un solo enanito y 7 Blancanieves.
Las chicas se pusieron a llorar, el profesor a protestar, y todos los alumnos a hacer un bochinche impresionante.
Porque a todos les gustaban las 7 hijas del jardinero Nieves, tan limpitas y con trenzas.
Tanto chillaron todos, que el sapo Ceferino -la persona más sabia del bosque- los oyó, dobló el diario, guardó los lentes, apagó la pipa y allá se fue a ver qué pasaba.
En cuanto llegó el sapo Ceferino, le propusieron ser juez de tan complicado asunto.
-¿Le parece justo, señor sapo Ceferino, que me cierren la escuela porque la aritmética y la historia dicen que no puede haber un enanito y 7 Blancanieves?, preguntó el profesor Carozo haciendo pucheros.
El sapo Ceferino se rascó la cabezota, meditó durante 14 segundos y 35 minutos, y luego les contestó sabiamente.
-Guau.
Ante tan sabia declaración, el enanote inspector no pudo decir ni mu. Manoseó un poco su librote, se acomodó el gorro y dijo nerviosamente:
-No puede ser. El reglamento de escuelas de Gulubú dice además que esta escuela es para grillos, ranas, arañas solteras y otras personas chiquitas, pero no para 7 Blancanieves grandes. ¡Eso jamás, réquete jamás más lo permitiré!
Pero el sapo Ceferino le replicó sabiamente diciendo:
-Guau.
Y como el sapo Ceferino era la persona más sabia del bosque. El inspector ya no le pudo discutir más. No tuvo más remedio que cerrar su librote, guardarlo bajo el gorro y desaparecer furioso detrás de su árbol.
Blancarucha, Blancachofa, Blancarita, Blancarota, Blancarina, Blancarufa y Blancatula Nieves aprendieron muy pronto a cantar como el grillo Canuto.
Todos los domingos, por la radio de Gulubú, canta el coro de las 7 Blancanieves, dirigido por el profesor enanito Carozo.
Su repertorio está compuesto de zambas cuya hermosa letra dice así:
Criquiti criquiti cric…
Y valses, cuya hermosa letra dice así:
Chipiti chipiti chip…
Y rancheritas, cuya hermosa letra dice así:
Plimpiti plimpiti plimp…
Por eso, si ustedes alguna vez encuentran detrás de un árbol o detrás de cualquier cosa, a un inspector enanote y sabiondo que les dice que no es posible que existan un enanito y 7 Blancanieves, o que no es posible que exista cualquier otra cosa linda, ustedes pueden contestarle:
-Sí señor, existe, en el bosque de Gulubú.
O si no, respondan sabiamente, como el sapo Ceferino:
-Guau.

Y así termina, en jueves,

el cuento del enanito
Y las 7 Blancanieves.

FIN…

Fuente: http://loscuentosdelatiaberta.blogspot.com.ar/

La llave de Josefina de Iris Rivera

La llave de Josefina de Iris Rivera

Hay gente que no tiene paciencia para leer historias.
Acá se cuenta que Josefina iba caminando y encontró una llave. Una llave sin dueño. Josefina la levantó y siguió andando.
Seis pasos más allá encontró un árbol. Con la llave abrió la puerta del árbol y entró. Vio cómo subía la savia hasta las ramas y subió con la savia.
Y llegó a una hoja y a una flor. Se asomó a la orilla de un pétalo, vio venir a una abeja y la vio aterrizar.
Con la llave, Josefina abrió la puerta de la abeja y entró.
La oyó zumbar desde adentro, conoció el sabor del néctar y el peso del polen.
Y voló hasta un panal.
Con la llave abrió la puerta del panal, abrió la puerta de una gota de miel y entró y goteó sobre la zapatilla de un hombre que juntaba la miel.
Hay gente que en esta parte ya se aburrió y prende la tele. Pero la historia dice que, con la llave, Josefina abrió la puerta del hombre y entró. Y sintió lo fuerte que quema el sol y cómo se cansa la cintura y que el agua es fresca. Y, con la mano del hombre, acarició a un perro común y silvestre.
Con la llave, Josefina abrió la puerta del perro y entró. Y les ladró a las gallinas, al gato y al cartero. Y después abrió la puerta del cartero, del gato, de las gallinas, de las limas para uñas, de las tortas de crema, de los banquitos petisos y de los grillos.
Hay gente que, a esta altura, ya se fue a tomar la leche. Pero la historia dice que, cuando estuvo segura de que esa llave abría todas las puertas, Josefina abrió la puerta de Josefina y entró.
Se sentó en el banquito petiso y, con la lima para uñas, se puso a hacer otra llave distinta a la primera, pero igual.
Después se quedó sentada en el banquito, pensando. Josefina quiere elegir a quién darle la segunda llave. Porque no es cuestión de entregársela a cualquiera.
PortadaPero si vos todavía estás ahí, si no prendiste la tele y no te fuiste a tomar la leche… acá la tenés, tomala. Porque dice Josefina que la llave es tuya.
Extraído, con autorización de la autora, del libro Sacá la lengua (Buenos Aires, Editorial El Ateneo, 1999; colección Cuenta conmigo).
Un destello en la penumbra
¡Uf! Me la paso leyendo historias de miedo que te ponen los pelos de punta. Antes ni las entendía porque vienen con palabras más raras… ¡Uf! Para decir “casa”, nunca dicen “casa”… dicen “lúgubre mansión”. Para decir “una viejita”, dicen “una anciana decrépita”. Para decir “lombriz”, dicen “gusano viscoso “. Todo así. Hay rostros que se transfiguran, hay manos esqueléticas, uñas curvas y por todos lados aparecen luces fantasmales, cuchillos que destellan y siluetas siniestras que se deslizan.
¡Yo qué sé! De tanto leer historias de miedo, al final me fui poniendo práctica con las palabras y justo a mí me tiene que pasar lo de la tía.
Es una tía de mi mamá que se vino a mi casa porque andaba un poco enferma. Yo ni la conocía, pero le tuve que dar el beso y ¡ffffs! la cara era huesuda. Para colmo habla poco y tiene uno ojos ¡de verdes! Como eléctricos.
Yo la empecé a vigilar.
Vi que a la noche sacaba un frasco y se tomaba 30 gotas después de comer. Desconfié más.
A la mañana se levantaba amarilla y descompuesta y no se entendía por qué, con lo poco que comía.
Había que tratarla como si se fuera a romper. Se reía para un costado, justo del lado donde tenía el diente negro.
Aplastaba el zapallo hervido, le daba algún mordisco al pollo, apenas probaba la compota.
—¡Ay, ese hígado! —decía mi mamá y la tía arqueaba las cejas, estudiándonos con sus ojos eléctricos. Después se iba a su cuarto sin mirar para atrás.
—¡No tomó las gotas! —decía yo, pero ella no se daba vuelta.
—Cada vez más sorda, pobre… —decía mi mamá—. Lleváselas al dormitorio.
¿Yo? Ni loca entraba ahí. La alcanzaba en el pasillo.
—¡Ah!..mis gotitas —decía ella y el rostro se le transfiguraba. Era una mueca horrenda que me hacía transpirar. El diente negro me daba espanto.
Y no me podía dormir.
Una noche oí deslizarse pasos hacia la cocina. Eran sus pasos, inconfundibles. Un ruido apagado de puerta que se abre. Pero ¿cuál?… Distinguí una claridad tenue. Me senté en la cama. ¿De dónde venía esa luz? Oí el roce de un cajón al abrirse. Otros ruidos que no reconocía. Yo apretaba la sábana con las manos frías. Después, los pasos que volvieron. Y silencio.
A la mañana siguiente, la tía más descompuesta, más pálida, más amarilla.
—¡Si no come nada! —decía mi mamá.
—¡Ajá! —decía mi papá.
—¡Ajmm! —decía el doctor.
La tía cenaba un caldito, tomaba las gotas y vuelta a la cama. Cada vez más flaca. La cara hundida. Las ojeras.
Nos íbamos a acostar y, al rato, las pisadas, la luz, los ruidos, el silencio.
Durante varias noches pasó lo mismo y, a la mañana, la tía más enferma.
Tuve que juntar mucho coraje para espiar, pero lo hice. Sí que lo hice. Esperé a oírla deslizarse por el pasillo de la lúgubre mansión y me levanté.
Me temblaban las rodillas.
Sus pasos llegaron a la cocina. Yo me pegué a la puerta entreabierta y vi cómo su mano de espectro abrió la heladera. El sitio se iluminó apenas. Claridad fantasmal. Vi los respaldos de las sillas, la panera sobre la mesa y la silueta de la anciana decrépita que sacó de la heladera un envoltorio de bordes rectos. Mi estómago era un revoltijo de gusanos viscosos.
Transparente como una aparición, ella deslizó su mano huesuda por lamesada y abrió el primer cajón. La mano entró y salió. Empuñaba un cuchillo que destelló en la penumbra. Me tapé la boca con las dos manos. Mi sangre se helaba. La silueta siniestra giró, cuchillo en mano, hacia la mesa. Con sus dedos esqueléticos de uñas curvas desenvolvió lentamente el paquete, levantó el cuchillo en dirección a la panera… y se puso a comer pan con manteca hasta las tres de la mañana.
Portada—¡Así no hay hígado que aguante! —dijo mi mamá cuando le conté.
Extraído, con autorización de la autora, del libro Cuentos con tías/Vivir para contarlo (Lanús, Ediciones del Cronopio Azul, 1997; colección Frente y Dorso).

Fuente: http://www.imaginaria.com.ar/

BISA VUELA de María Elena Walsh

BISA VUELA de María Elena Walsh

Había una vez una ancianita con más años que hojas tiene un ombú. Alta y flaca y memoriosa y sabia.

Y había una vez un pueblo grande como dos sábanas cosidas al medio por las vías del ferrocarril.

Y había en el pueblo varias familias con muchos chicos.

Y había trenes que pasaban de largo, llenos de vacas y sin pasajeros.

La ancianita vivía sola en lo alto de un mangrullo. Guardaba cachivaches en un baúl de su antepasado el Conquistador. Y su grillo Pachimú se guardaba él solo dentro de una caja de fósforos.

Un buen día, los niños, reunidos en asamblea en el galpón del ferrocarril bajo las alas de un viejo avión herrumbrado, decidieron adoptar a la anciana como bisabuela de todos y llamarla Bisa.

Y desde entonces vivieron felices, jugando con Bisa a la rayuela y al ajedrez.

Salían todos a pasear, algunos en bicicleta, otros en caballo de palo y alguno en un cajón tirado por un carnero.

Pescaban renacuajos para investigarlos y cultivaban enormes calabazas anaranjadas.

Bisa, en sus tiempos, había sido aviadora. Y el viejo avión era su famoso “Águila de Oro”.

La campeona de vuelo estaba jubilada –decía- desde que sus ojos se debilitaron y un mal día al aterrizar había atropellado a una pobre perdiz viuda.

Entre todos se pusieron a limpiar y aceitar el aeroplano, con la esperanza de volar algún día y llegar, por lo menos, hasta la orilla del mar.

¡Y ese día estaba cerca!

Porque ya las hélices rugían como dos leones tartamudos, comandados por la famosa aviadora.

Bisa abrió un baúl, sacó su viejo uniforme arrugado y se lo probó frente al espejo.

-No es tan distinto del uniforme de los astronautas, ¿verdad, Pachimú?

Pero el grillo, por ser tan pequeño, no sabía nada de astronautas.

Bisa se encasquetó la gorra y se puso unas antiparras que nunca había usado: era un trofeo regalo de su madrina después de su último vuelo ¡tantos miles de días atrás!

-Estos anteojos se han vuelto locos -dijo Bisa. Y miró a Pachimú, y en su lugar vio un gato con cola de pavo real.

-Estás muy raro. ¿Qué te pasa, Pachimú?

Pero Pachimú, por ser tan pequeño, no sabía nada de rarezas.

Bajó de su casa y con el grillo en su caja dentro de uno de sus 54 bolsillos llenos de herramientas, corrió a contarles a sus bisnietos la novedad.

Los niños, por riguroso turno, se probaron las gafas y no vieron nada, sólo las encontraron asquerosamente sucias y empañadas.

-Estoy segura de que con estos anteojos maravillosos pondré en marcha el motor -dijo Bisa.

Los chicos abrieron los portones, Bisa trepó a la diminuta cabina, movió manivelas y palancas y… brrrrummmm… cruzó las vías y remontó vuelo.

Los bisnietos la siguieron un poco a la carrera, después se taparon los ojos temiendo lo peor.

Seguramente ustedes también tiemblan de espanto pensando que se va a estrellar contra el más alto de los eucaliptos.

Pero no, Bisa vuela, feliz. Mira hacia abajo y ya no ve a sus bisnietos ni el ocre de los monótonos campos.

Ve toda la ciudad de Nueva York, ve una carroza tirada por mariposas gigantes, ve las pirámides mexicanas, ve un cohete espacial que pasa cerca, y allá lejos ve algunas torres de la ciudad de Bagdad.

Como le quedaba escaso combustible, al divisar una calle ancha y poco transitada, decidió aterrizar. ¿Dónde estaría? ¡Buena pregunta para Pachimú!

Bisa se levantó las gafas y vio que los niños de un pueblo extraño se acercaban a recibirla, con sonrisas, besos, abrazos y un ramillete de margaritas.

Pero ¡ay!, hablaban en otra lengua, sólo entendieron el idioma de los cariños. Entonces Pachimú se puso a cantar, y a él sí lo entendieron, porque los grillos cantan en un idioma universal.

Salió de su caja y del bolsillo y desde el ala del avión trabajó de traductor.

Los chicos de ese pueblo también decidieron adoptar a Bisa como bisabuela de todos. Y le ofrecieron domicilio en una casita construida en las ramas de un árbol.

Desde entonces Bisa vuela de pueblo en pueblo y de bisnietos en bisnietos.

Ya aprendió otro idioma y, en cada viaje, que dura media hora o tres meses –nadie lo sabe-, sigue mirando encantada por los cristales de sus antiparras, las maravillas del mundo que siempre quiso conocer.
FIN

(En: ¡Cuánto cuento! de María Elena Walsh. Buenos Aires, Editorial Alfaguara, 2004.
Colección AlfaWalsh. Desde los ocho años)

FUENTE: http://biblioitinerante.blogspot.com.ar/

Juan Ignacio Superman de Cecilia Pisos

Juan Ignacio Superman de Cecilia Pisos

Juan Ignacio Superman sale tempranito para la escuela colgado del portafolios de su mamá. Pasan delante de sus ojos y como en un sueño, las filas de medialunas de la panadería, el local del zapatero, todos los títulos de los diarios de la esquina y los colores rabiosos de las flores que venden en el puestito de la avenida.

Trotando por la vereda, mediodormido, con un alfajor en la mano y la mochi a la espalda, Juan Ignacio Superman piensa que los desayunos deberían ser más largos. Y también las noches.

Juan Ignacio Superman ya se ha descolgado del portafolios de su mamá y ahora camina, unos pasos atrás, revisando las figuritas que lleva en el bolsillo de la campera. Por eso es que no ve a los niños del transporte escolar que lo señalan desde las ventanillas ni lo distraen las manzanas que se escapan corriendo de la frutería. Por eso, también, pienso, aun no presiente la amenaza a la tierna viejecita que alimenta a las palomas del parque, que ahora, justamente, Juan Ignacio Superman está por cruzar con su mamá.

Por fin, solo a unos pasos de la ancianita, Juan Ignacio Superman detecta con sus oídos ultramásquesónicos la presencia cercana de un supervehículo de dos ruedas que se aproxima a la dulce y desprevenida anciana. Y con su visión de rayos recontraláser calcula que tiene tiempo de intervenir y salvarla. Entonces, le dice a su mamá, mientras le tira la mochila:

—Teneme, mami, que ya vuelvo.

Y corre hacia el tobogán del sector de los juegos para niños. Sube denodadamente la escalera y se tira. Cuando llega abajo, ya no es Juan Ignacio Superman sino Superman a secas. En un segundo, vuela hasta la escena del peligro. Con una mano, corre a la viejecita del sendero y con la otra hace señas para que el supervehículo de dos ruedas se detenga.

¡Y lo consigue! Por algo es Superman.

La mamá lo mira llena de orgullo pero no alcanza a decirle nada porque Superman corre nuevamente hacia el tobogán, se sube, se tira y el que baja con el guardapolvo planchadito como cuando salió de casa es otra vez Juan Ignacio Superman.

Ya totalmente despierto, le tira del vestido a su mamá, que quedó como petrificada en el suelo, y le dice:

—Vamos, mami, que si no llegamos tarde.

Fuente: http://www.imaginaria.com.ar

El amigo Pérez de Iris Rivera

El amigo Pérez de Iris Rivera

Bruno abrió la boca y el espejo del baño se empañó. Lo limpió con la manga y se tocó diente por diente con la lengua, con un dedo. Uno por uno. Pero, nada.
Buscó al abuelo y lo encontró en el galponcito del fondo arreglando la manija de la pava. Bruno le mostró sus dientes, todos en su lugar. Duros, firmes.
El abuelo miró hacia los tirantes del techo y dijo en un susurro:
—Paciencia, Ratón Pérez…
Y allá arriba, uno de los tirantes crujió.
—Ahí está ¿viste? Ya escuchó —dijo el abuelo.
Y Bruno, en un cuchicheo:
—Sí, ya escuchó, pero ¿y si se aburre? ¿y si se muda? ¿y si se muere de esperar?
—El Ratón Pérez es eterno —declaró el abuelo.
Pero igual, ni un solo diente se aflojaba.
Hasta que una mañana, al morder una tostada demasiado crocante, se le cayó un diente… al abuelo.
—¡DÁMELO! ¡DAME! —gritó Bruno— ¡LO PONGO EN MI ALMOHADA!
—¡JA! —rió el abuelo con un diente menos— ¡El amigo Pérez no es tonto!
Pero Bruno quiso y quiso. Lavó el diente hasta que quedó bastante blanco y lo metió debajo de su almohada.
Antes de salir para la escuela fue hasta el galponcito, miró los tirantes del techo y susurró:
—Hay diente, Ratón Pérez…
Y uno de los tirantes crujió.
………………………………
Cuando Bruno volvió de la escuela, entró a su cuarto más que corriendo casi volando y levantó la almohada.
¡Estaba! ¡Estaba! ¡Estaba! ¡Ahí estaba!
—¡ABUELO! ¡ABUELO MIRÁ!
Bruno mostraba una moneda de un peso.
—Falsa —dijo el abuelo.
Y sacó del bolsillo una moneda legítima para comparar.
Bruno miró la moneda que le mostraba el abuelo y después la suya. ¡Grrr! Sí, sí y sí. Más falsa que billete de tres pesos. Más falsa que frutilla celeste.
No puede ser, no puede ser… De repente se acordó de una película. Como si la viera de nuevo se acordó: un pirata desconfiado mordía una moneda que parecía de oro para saber si era de verdad.
Entre acordarse y copiarse no pasó un segundo. Bruno mordió con fuerza su moneda.
—¡Ja! El amigo Pérez no es tonto —recalcó el abuelo con voz de experto.
Y en eso, Bruno gritó:
—¡No es tonto, pero te ayuda!

Es que, al morder la moneda falsa, por fin se le había aflojado… un diente de verdad.

Extraído, con autorización de la autora, de la Antología para 1° ciclo EGB (Buenos Aires, A-Z Editora, 2002).

Fuente: http://www.imaginaria.com.ar/