EL CUENTO DE LA MANDIOCA de Laura Devetach

EL CUENTO DE LA MANDIOCA de Laura Devetach

La paisanada estaba conversando en el almacén. Todos esperaban unas empanadas que freía la almacenera.

De pronto entró Ciclón, el perro del Paí Luchí, todo embarrado. Se acostó en medio de la rueda.
–¡A ver con qué nos viene el Paí ahora! –comentó un paisano mirando al perro.
–Parece que le hizo amasar el barro para el rancho al pobre Ciclón – se rió otro.

En eso entró el Paí, más embarrado que el perro, con barro colorado.
–¿Qué le pasó, chamigo? -preguntó la paisanada.
– Nada – dijo el Paí Luchí sentándose–. Vengo de vender la mandioca. ¡Me salió buenísima este año! Tan grande y gorda que es un lujo.
–Bueno, don, pero ¿y el barro?
–Y nada, que cargué la mandioca en un carro y me iba, me iba, me iba, cuando de pronto se rompió el eje. Tan buena estaba la mandioca que hizo mucho peso.
–¿Y entonces, Paí?
–Y me quedé allá por el campo del Palo Chueco sin un árbol ni una triste rama para poder cambiar el eje. No había nada a nueve leguas a la redonda.
–¿Y cómo llegó hasta aquí, Paí?
–En la carreta, pues. ¿No les dije que vengo de vender la mandioca?
–¿Y el eje del carro?
–Se lo puse.
–¿Y con qué, Paí?
–Con una mandioca. ¿No les dije que habían salido buenas? Las vendí a todas. ¡Hasta la del eje!

Y sacándose el barro de las bombachas batarazas, el Paí tomó un mate amargo y probó las empanadas que freía la almacenera.

Fuente: http://www.cuentosparachicos.com/

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Recomendados – “Monigote en la Arena”

 

“Monigote en la Arena” de Laura Devetach

Un monigote juguetón regalado a la arena, un garbanzo peligroso y un grano de maíz panzón, un elefante de circo y su miedo a caerse, una ratita que busca novio, un caracol cansado de su casita, Marina y su “descubrimiento” de la lluvia, conforman una mágica serie de relatos para leer en compañía.

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Cuentos para la hora de dormir

El Hombrecito verde y su pájaro de Laura Devetach

 

El hombrecito verde de la casa verde del país verde tenía un pájaro.Romina Biassoni

Era un pájaro verde de verde vuelo. Vivía en una jaula verde y picoteaba verdes verdes semillas. El hombrecito verde cultivaba la tierra verde, tocaba verde música en su flauta y abría la puerta verde de la jaula para que su pájaro saliera cuando tuviera ganas.

El pájaro se iba a picotear semillas y volaba verde, verde, verdemente. Un día en medio de un verde vuelo, vio unos racimos que le hicieron esponjar las verdes plumas.

El pájaro picoteó verdemente los racimos y sintió una gran alegría color naranja. Y voló, y su vuelo fue de otro color. Y cantó, y su canto fue de otro color.

Cuando llegó a la casita verde, el hombrecito verde lo esperaba con verde sonrisa.
–¡Hola, pájaro! –le dijo.

Y lo miró revolotear sobre el sillón verde, la verde pava y el libro verde. Pero en cada vuelo verde y en cada trino, el pájaro dejaba manchitas amarillas, pequeños puntos blancos y violetas.

El hombrecito verde vio con asombro cómo el pájaro ponía colores en su sillón verde, en sus cortinas y en su cafetera.

–¡Oh, no! –dijo verdemente alarmado.

Y miró bien a su pájaro verde y lo encontró un poco lila y un poco verde mar.

–¡Oh, no! –dijo, y con verde apuro buscó pintura verde y pintó el pico, pintó las patas, pintó las plumas.

Pero cuando el pájaro cantó, no pudo pintar su canto.

Y cuando el pájaro voló, no pudo pintar su vuelo.

Todo era verdemente inútil.

Y el hombrecito verde dejó en el suelo el pincel verde y la verde pintura.

Se sentó en la alfombra verde sintiendo un burbujeo por todo el cuerpo. Una especie de cosquilla azul.

Y se puso a tocar la flauta verde mirando a lo lejos.

Y de la flauta salió una música verde azul rosa que hizo revolotear celestemente al pájaro.

Dulces sueños y buen despertar. Nos leemos Mañana!

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Cuentos para la hora de Dormir

Monigote en la Arena de Laura Devetach

La arena estaba tibia y jugaba a cambiar de colores cuando la soplaba el viento. Laurita apoyó la cara sobre un montoncito y le dijo:
—Por ser tan linda y amarilla te voy a dejar un regalo —y con la punta del dedo dibujó un monigote de seda y se fue.
MONIGOTEenlaarena
Monigote quedó solo, muy sorprendido. Oyó como cantaban el agua y el viento. Vio las nubes acomodándose una al lado de la otra para formar cuadros pintados. Vio las mariposas azules que cerraban las alas y se ponían a dormir sobre los caracoles.

—Hola —dijo monigote, y su voz sonó como una castañuela de arena.

El agua lo oyó y se puso a mirarlo encantada.
—Glubi glubi, monigote en la arena es cosa que dura poco —dijo preocupada y dio dos pasos hacia atrás para no mojarlo—. ¡Qué monigote más lindo, tenemos que cuidarte!

—¿Qué? ¿Es que puede pasarme algo malo? —preguntó monigote tirándose de los botones como hacía cuando se ponía nervioso.

—Glubi glubi, monigote en la arena es cosa que dura poco —repitió el agua, y se fue a a avisar a las nubes que había un nuevo amigo pero que se podía borrar.

—Flu flu —cantaron las nubes—, monigote en la arena es cosa que dura poco.
Vamos a preguntar a las hojas voladoras cómo podemos cuidarlo.

Monigote seguía tirándose los botones y estaba tan preocupado que ni siquiera probó los caramelitos de flor de durazno que le ofrecieron las hormigas.

—Crucri crucri —cantaron las hojas voladoras—. Monigote en la arena es cosa que dura poco. ¿Qué podemos hacer para que no se borre?

El agua tendió lejos su cama de burbujas para no mojarlo. Las nubes se fueron hasta la esquina para no rozarlo. Las hojas no hicieron ronda. La lluvia no llovió. Las hormigas hicieron otros caminos.

Monigote se sintió solo solo solo.

—No puede ser —decía con su vocecita de castañuela de arena—, todos me quieren pero porque me quieren se van. Así no me gusta.

Hizo “cla cla cla” para llamar a las hojas voladoras.

—No quiero estar solo —les dijo—, no puedo vivir lejos de los demás, con tanto miedo. Soy un monigote de arena. Juguemos, y si me borro, por lo menos me borraré jugando.

—Crucri crucri —dijeron las hojas voladoras sin saber qué hacer.

Pero en eso llegó el viento y armó un remolino.
—¿Un monigote de arena? —silbó con alegría—. Monigote en la arena es cosa que dura poco. Tenemos que hacerlo jugar.

“Cla cla cla”, hizo monigote porque el remolino era como una calesita.

Las hojas voladoras se colgaron del viento para dar vueltas.

El agua se acercó tocando su piano de burbujas.

Las nubes bajaron un poquito, enhebradas en rayos de sol.

Monigote jugó y jugó en medio de la ronda dorada, y rió hasta el cielo con su voz de castañuela.

Y mientras se borraba siguió riendo, hasta que toda la arena fue una risa que juega a cambiar de colores cuando la sopla el viento.

FIN

A dormir calentitos, mañana les traemos otro cuentito!

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