La llave de Josefina de Iris Rivera

La llave de Josefina de Iris Rivera

Hay gente que no tiene paciencia para leer historias.
Acá se cuenta que Josefina iba caminando y encontró una llave. Una llave sin dueño. Josefina la levantó y siguió andando.
Seis pasos más allá encontró un árbol. Con la llave abrió la puerta del árbol y entró. Vio cómo subía la savia hasta las ramas y subió con la savia.
Y llegó a una hoja y a una flor. Se asomó a la orilla de un pétalo, vio venir a una abeja y la vio aterrizar.
Con la llave, Josefina abrió la puerta de la abeja y entró.
La oyó zumbar desde adentro, conoció el sabor del néctar y el peso del polen.
Y voló hasta un panal.
Con la llave abrió la puerta del panal, abrió la puerta de una gota de miel y entró y goteó sobre la zapatilla de un hombre que juntaba la miel.
Hay gente que en esta parte ya se aburrió y prende la tele. Pero la historia dice que, con la llave, Josefina abrió la puerta del hombre y entró. Y sintió lo fuerte que quema el sol y cómo se cansa la cintura y que el agua es fresca. Y, con la mano del hombre, acarició a un perro común y silvestre.
Con la llave, Josefina abrió la puerta del perro y entró. Y les ladró a las gallinas, al gato y al cartero. Y después abrió la puerta del cartero, del gato, de las gallinas, de las limas para uñas, de las tortas de crema, de los banquitos petisos y de los grillos.
Hay gente que, a esta altura, ya se fue a tomar la leche. Pero la historia dice que, cuando estuvo segura de que esa llave abría todas las puertas, Josefina abrió la puerta de Josefina y entró.
Se sentó en el banquito petiso y, con la lima para uñas, se puso a hacer otra llave distinta a la primera, pero igual.
Después se quedó sentada en el banquito, pensando. Josefina quiere elegir a quién darle la segunda llave. Porque no es cuestión de entregársela a cualquiera.
PortadaPero si vos todavía estás ahí, si no prendiste la tele y no te fuiste a tomar la leche… acá la tenés, tomala. Porque dice Josefina que la llave es tuya.
Extraído, con autorización de la autora, del libro Sacá la lengua (Buenos Aires, Editorial El Ateneo, 1999; colección Cuenta conmigo).
Un destello en la penumbra
¡Uf! Me la paso leyendo historias de miedo que te ponen los pelos de punta. Antes ni las entendía porque vienen con palabras más raras… ¡Uf! Para decir “casa”, nunca dicen “casa”… dicen “lúgubre mansión”. Para decir “una viejita”, dicen “una anciana decrépita”. Para decir “lombriz”, dicen “gusano viscoso “. Todo así. Hay rostros que se transfiguran, hay manos esqueléticas, uñas curvas y por todos lados aparecen luces fantasmales, cuchillos que destellan y siluetas siniestras que se deslizan.
¡Yo qué sé! De tanto leer historias de miedo, al final me fui poniendo práctica con las palabras y justo a mí me tiene que pasar lo de la tía.
Es una tía de mi mamá que se vino a mi casa porque andaba un poco enferma. Yo ni la conocía, pero le tuve que dar el beso y ¡ffffs! la cara era huesuda. Para colmo habla poco y tiene uno ojos ¡de verdes! Como eléctricos.
Yo la empecé a vigilar.
Vi que a la noche sacaba un frasco y se tomaba 30 gotas después de comer. Desconfié más.
A la mañana se levantaba amarilla y descompuesta y no se entendía por qué, con lo poco que comía.
Había que tratarla como si se fuera a romper. Se reía para un costado, justo del lado donde tenía el diente negro.
Aplastaba el zapallo hervido, le daba algún mordisco al pollo, apenas probaba la compota.
—¡Ay, ese hígado! —decía mi mamá y la tía arqueaba las cejas, estudiándonos con sus ojos eléctricos. Después se iba a su cuarto sin mirar para atrás.
—¡No tomó las gotas! —decía yo, pero ella no se daba vuelta.
—Cada vez más sorda, pobre… —decía mi mamá—. Lleváselas al dormitorio.
¿Yo? Ni loca entraba ahí. La alcanzaba en el pasillo.
—¡Ah!..mis gotitas —decía ella y el rostro se le transfiguraba. Era una mueca horrenda que me hacía transpirar. El diente negro me daba espanto.
Y no me podía dormir.
Una noche oí deslizarse pasos hacia la cocina. Eran sus pasos, inconfundibles. Un ruido apagado de puerta que se abre. Pero ¿cuál?… Distinguí una claridad tenue. Me senté en la cama. ¿De dónde venía esa luz? Oí el roce de un cajón al abrirse. Otros ruidos que no reconocía. Yo apretaba la sábana con las manos frías. Después, los pasos que volvieron. Y silencio.
A la mañana siguiente, la tía más descompuesta, más pálida, más amarilla.
—¡Si no come nada! —decía mi mamá.
—¡Ajá! —decía mi papá.
—¡Ajmm! —decía el doctor.
La tía cenaba un caldito, tomaba las gotas y vuelta a la cama. Cada vez más flaca. La cara hundida. Las ojeras.
Nos íbamos a acostar y, al rato, las pisadas, la luz, los ruidos, el silencio.
Durante varias noches pasó lo mismo y, a la mañana, la tía más enferma.
Tuve que juntar mucho coraje para espiar, pero lo hice. Sí que lo hice. Esperé a oírla deslizarse por el pasillo de la lúgubre mansión y me levanté.
Me temblaban las rodillas.
Sus pasos llegaron a la cocina. Yo me pegué a la puerta entreabierta y vi cómo su mano de espectro abrió la heladera. El sitio se iluminó apenas. Claridad fantasmal. Vi los respaldos de las sillas, la panera sobre la mesa y la silueta de la anciana decrépita que sacó de la heladera un envoltorio de bordes rectos. Mi estómago era un revoltijo de gusanos viscosos.
Transparente como una aparición, ella deslizó su mano huesuda por lamesada y abrió el primer cajón. La mano entró y salió. Empuñaba un cuchillo que destelló en la penumbra. Me tapé la boca con las dos manos. Mi sangre se helaba. La silueta siniestra giró, cuchillo en mano, hacia la mesa. Con sus dedos esqueléticos de uñas curvas desenvolvió lentamente el paquete, levantó el cuchillo en dirección a la panera… y se puso a comer pan con manteca hasta las tres de la mañana.
Portada—¡Así no hay hígado que aguante! —dijo mi mamá cuando le conté.
Extraído, con autorización de la autora, del libro Cuentos con tías/Vivir para contarlo (Lanús, Ediciones del Cronopio Azul, 1997; colección Frente y Dorso).

Fuente: http://www.imaginaria.com.ar/

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El amigo Pérez de Iris Rivera

El amigo Pérez de Iris Rivera

Bruno abrió la boca y el espejo del baño se empañó. Lo limpió con la manga y se tocó diente por diente con la lengua, con un dedo. Uno por uno. Pero, nada.
Buscó al abuelo y lo encontró en el galponcito del fondo arreglando la manija de la pava. Bruno le mostró sus dientes, todos en su lugar. Duros, firmes.
El abuelo miró hacia los tirantes del techo y dijo en un susurro:
—Paciencia, Ratón Pérez…
Y allá arriba, uno de los tirantes crujió.
—Ahí está ¿viste? Ya escuchó —dijo el abuelo.
Y Bruno, en un cuchicheo:
—Sí, ya escuchó, pero ¿y si se aburre? ¿y si se muda? ¿y si se muere de esperar?
—El Ratón Pérez es eterno —declaró el abuelo.
Pero igual, ni un solo diente se aflojaba.
Hasta que una mañana, al morder una tostada demasiado crocante, se le cayó un diente… al abuelo.
—¡DÁMELO! ¡DAME! —gritó Bruno— ¡LO PONGO EN MI ALMOHADA!
—¡JA! —rió el abuelo con un diente menos— ¡El amigo Pérez no es tonto!
Pero Bruno quiso y quiso. Lavó el diente hasta que quedó bastante blanco y lo metió debajo de su almohada.
Antes de salir para la escuela fue hasta el galponcito, miró los tirantes del techo y susurró:
—Hay diente, Ratón Pérez…
Y uno de los tirantes crujió.
………………………………
Cuando Bruno volvió de la escuela, entró a su cuarto más que corriendo casi volando y levantó la almohada.
¡Estaba! ¡Estaba! ¡Estaba! ¡Ahí estaba!
—¡ABUELO! ¡ABUELO MIRÁ!
Bruno mostraba una moneda de un peso.
—Falsa —dijo el abuelo.
Y sacó del bolsillo una moneda legítima para comparar.
Bruno miró la moneda que le mostraba el abuelo y después la suya. ¡Grrr! Sí, sí y sí. Más falsa que billete de tres pesos. Más falsa que frutilla celeste.
No puede ser, no puede ser… De repente se acordó de una película. Como si la viera de nuevo se acordó: un pirata desconfiado mordía una moneda que parecía de oro para saber si era de verdad.
Entre acordarse y copiarse no pasó un segundo. Bruno mordió con fuerza su moneda.
—¡Ja! El amigo Pérez no es tonto —recalcó el abuelo con voz de experto.
Y en eso, Bruno gritó:
—¡No es tonto, pero te ayuda!

Es que, al morder la moneda falsa, por fin se le había aflojado… un diente de verdad.

Extraído, con autorización de la autora, de la Antología para 1° ciclo EGB (Buenos Aires, A-Z Editora, 2002).

Fuente: http://www.imaginaria.com.ar/

El señor Medina de Iris Rivera

El señor Medina de Iris Rivera

El señor Medina fue aprendiendo a medir las palabras. Estaba orgulloso porque nadie le enseñó. Aprendió solo, de inteligente que era nomás.
Está bien que no aprendió enseguida ni fácilmente. Le costó mucho, años le costó… sufrió equivocaciones, cometió graves errores que luego tuvo que lamentar, pero el tragaba saliva y se decía:
– ¡Atención Medina! Esta vez mediste mal, la próxima no te tiene que pasar.
Y trataba que la próxima vez no le pasara.
El señor Medina siempre llevaba en el bolsillo la cinta métrica. El padrino se la había regalado de chico, porque todos en la familia tenían una. La cinta métrica era una tradición en la familia del señor Medina. Unos la usaban mejor que otros, pero todos la tenían. El padre había sido un gran abogado, la madre una gran profesora, tenía tíos empresarios, un primo periodista y hasta un pariente lejano que ocupaba un importante cargo público… y todos sabían medir las palabras.
Seguramente de verlos a ellos habrá aprendido el señor Medina, mejor dicho de oírlos. Porque ver, lo que se dice ver no veía nada, como no fuera que, antes de hablar, metían la mano en el bolsillo derecho (donde guardaban la cinta) y pensaban un rato. Estaban midiendo.
Parece que, una vez que quedaban conformes con la dimensiones de lo que estaban por decir, recién lo decían.
Al principio el señor Medina se mandaba sus grandes macanas. No podía medir sin ser visto, como hacían sus parientes, así que sacaba la famosa cinta y
la ponía en la mesa. Después soltaba la palabra en voz baja y la medía.
Por ejemplo:
LADRÓN
-A ver…un centímetro y medio…No, mu larga.
Y probaba otra:
DELINCUENTE
-Son dos centímetros y ocho milímetros…No m{as larga todavía.
A ver:
PILLO
-Un centímetro y dos milímetros…esta podría andar.
Entonces la decía. Pero a esa altura había tardado tanto que la persona con la que se encontraba hablando se había aburrido, o estaba pensando en otra cosa, o directamente ya no estaba. Con el tiempo el entrenamiento le dio velocidad y ya no necesitó poner las palabras sobre la mesa, porque podía estimar “ a ojo”, o más bien de oído”, la longitud que tenían. Fue entonces cuando le regalaron la balancita. ¡Pobre señor Medina! Ni sospechaba que en su familia se usara también ese instrumento. La verdad es que los Medina se iban perfeccionando. Ahora, además de medir las palabras también las pesaban. Y el señor Medina tuvo que aprender. Veamos:
¡INSERVIBLE!
-No…pesa como 800 gramos, no va.
Otra: ¡INÚTIL!
-¡Qué raro!…mide menos, pero pesa igual. Esta tampoco va.
Otra:
¡TORPE!
-Esta es más liviana: 470 gramos…pero igual es casi medio kilo.
Busquemos otra:
¡DISTRAIDO!
-¡Ah! Ésta pesa a penas 100 gramos. No está mal.
Entonces el señor Medina la usaba…y el inservible que tenía adelante se iba contento, pensando que no era un inútil sin remedio, sino apenas un simpático “distraído”.
Y el señor Medina también se iba contento porque todos opinaban bien de él, lo tenían por un tipo comprensivo que sabía tratar con cortesía a las personas.
Muchos lo admiraban por su calma, su prudencia y su amabilidad. Claro, nadie sabía lo de la cinta y la balanza, una en el bolsillo derecho, la otra en el izquierdo. Y el señor Medina, que ya no necesitaba sacarlas, hablaba con la gente con las manos en los bolsillos, siempre midiendo y pesando, y ganándose el respeto y la simpatía de todos.
Siempre tomando en cuenta el peso y la medida, cambiaba “haragán” por “desganado”, decía “desagradable” en lugar de “asqueroso” y “desprolijidad” en vez de “mugre”. Había palabras largas y livianas que siempre eran preferibles a otras que, aunque fueran cortas, eran demasiado pesadas.
Un día en que no tenía nada que hacer, el señor Medina se puso a revisar su muy cuidado y elegido vocabulario y se dio cuenta de algo que, hasta el momento, no había notado: el color de las palabras. Notó que todas las palabras usadas por él eran de color gris. Gris claro, gris oscuro, grisadas, grisáceas. Todas eran palabras grises.
Y se dio cuenta de algo más: las palabras no eran grises de entrada: se ponían grises.
Advirtió, que no se hacían grises de golpe: se iban volviendo grises.
Y por último notó que el color gris les iba entrando a medida que las medía, a medida que las pesaba.
Por ejemplo: una palabra roja se iba volviendo anaranjada, después amarillenta y al final grisecita…Una palabra azul se ponía celeste, gris perla, gris ceniza, gris.
Como siempre tenía algún problema en que pensar, el señor Medina salió a dar un paseo por el barrio. Como iba distraído con sus pensamientos, puso un pie en la calle justo cuando el semáforo cambiaba a rojo y un camionero le gritó una palabrota larga, pesada y del mismo color que la luz del semáforo.
Al señor Medina le retumbó la palabra roja en el cerebro. Él la hubiera pronunciado. Y se quedó mudo murmurando ”insolente” …, “bocasucia”, “maleducado”…todas palabras livianitas y decididamente grises.
Siguió caminando y vio frente a él avanzando en sentido contrario, una señorita de pelo largo y ondeante que brillaba al sol. La señorita tenía el andar gracioso y los ojos encendidos debajo de unas espesas pestañas.
Al cruzarse con el señor Medina, la señorita entornó los párpados. El corazón de él dio un brinco y ni siquiera se animó a decir las palaras que seleccionó: “linda”, “bonita”. “preciosa”. El señor Medina se puso
colorado. Parece que ninguna de esas palabras era lo suficientemente gris.
En cambio otro caballero, que venía también por la vereda, le dijo a la señorita una palabra de un azul tan intenso que ella le dedicó una sonrisa transparente capaz de derretir a una baldosa. Pero ni la baldosa ni el señor Medina se derritieron porque la sonrisa no era para ellos. Era para el caballero que dijo la palabra azul.
Para colmo, un chico sostenía en la plaza una discusión de todos colores por un gol mal cobrado…tanto que llegaron a las piñas y al otro el ojo le quedó violeta.
Encima, , una nenita que iba de la mano de su mamá, se encaprichaba en comprarle al pochoclero y pataleaba. En las lágrimas se le formaban arcoiris y eran tantas y tan grandes que estaba claro que la nena no las medía, ni las pesaba ni nada. Le salían nomás. Como les salían nomás los besos y los arrumacos a las parejas de enamorados que parecían florecer, igual que los canteros a todo color.
Algo andaba definitivamente mal para el señor Medina, y se sentó en el bar de la esquina, en una mesita de la vereda a tomar un café. Mientras esperaba al mozo se puso a escuchar con atención a la gente que pasaba. Unos hablaron en verde, en lila, en amarillos; otros charlaban en anaranjado, en azul francia, en rosa.
Los únicos que conversaban en gris eran los que caminaban con las manos en los bolsillos y entonces el señor Medina sospechó que era lo que guardaban en ellos. Los únicos que conversaban en gris eran los que medían.
Se tomó de un solo sorbo el café. Del bolsillo derecho sacó la cinta métrica, del bolsillo izquierdo sacó la balancita, las puso sobre la mesa y se las dejó al mozo como propina.
Se levantó y, con paso decidido, se encaminó a la plaza más cercana. Allí encontró, en el medio, la estatua ecuestre de vaya a saber quién. Se trepó al monumento, lo más alto que pudo y se puso a gritar con toda el alma un montón de palabras de colores brillantes. Eran palabras largas, medianas y cortitas, pesadas y livianas. El señor Medina ya no tenía con que medirlas ni con que pesarlas. Así que las gritaba sin tener idea de su peso y longitud, y por eso las palabras le salían de todos colores. Viboreaban en el aire con destellos fosforescentes, a la manera de serpentinas locas, y algunas hasta tenían chispitas como de fuegos de artificio. Eso sí, ninguna era gris.
La gente se empezó a juntar para ver y oir el espectáculo. La gente se reía, hasta VAYA A SABER QUIEN ( el de la estatua ecuestre) se reía…y no paraba.
¡No era para menos! Aquella era una lista interminable de infinitas palabras desmedidas.

Fuente: http://ellaberintosecreto.blogspot.com.ar/

 

Recomendados – “Los Viejitos de la Casa”

“Los Viejitos de la Casa” de Iris Rivera. productos-los-viejitos-de-la-casa-imagen_1-original_518
Una historia para pensar los encuentros y desencuentros de los miembros de la familia -en este caso dos abuelos-. Los desacuerdos, que muchas veces intentamos pasen desapercibidos, siempre existen, y los chicos los sienten, los sufren, los viven -aún desde lejos-. Porque no traerlos como tema para charlar en familia a través de este cuento maravilloso y real. Donde el adentro y el afuera de la casa, la lluvia y el sol y la tormenta, son el escenario donde el desacuerdo y el enojo encuentran su lugar de regreso al entendimiento y el amor.

Ser Familia

Ser Familia – Pensar la familia a través de cuentos para chicos.

En el mes de la Madre les recomendamos libros para pensarnos como familia. ‪#‎serfamilia‬
“La Familia Delasoga” de Graciela Montes. 978950581419
Una historia llena de humor y realidad. Una familia que quiere estar siempre junta y entonces se atan con unas soguitas blancas, elásticas, relucientes. Cuantas veces en nuestra familia nos atamos con soguitas invisibles que nos mantienen cerca, muy cerca, pero tironeados por nuditos tensos e incómodos. La familia Delasoga un día corta las soguitas y descubre un mundo nuevo lleno de espacio y tiempo para estar solos sin tirones, sin nudos. Descubre sobre todo las ganas de volver a la casa con la familia a contarse todo lo que habían hecho solitos y compartirlo. “De la soga no hablaron más. ¿Para qué iba a hablar de sogas una gente tan unida?”

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“Mamá, ¿porqué nadie es como nosotros?” de Luis Pescetti. getBookImg
Un libro como un catálogo, como una enciclopedia de familias… de gustos, de costumbres, de culturas que se mezclan, se cruzan, se reinventan… de papas y mamas y hermanos y abuelos y tíos que forman familias únicas, irrepetibles, como la tuya, como la de todos. Un libro para leer con los chicos y romper el molde… para pensar en nosotros como familia y como personas diferentes y entender que nadie es como nosotros, y eso es algo bueno!

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“Una cama para tres” de Yolanda ReyesUna cama para tres
Un libro sobre los miedos y los brazos abiertos, el entendimiento y el amor que llena la casa de las familias, y las camas… en las que una noche caben todos!

 

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“Los Viejitos de la Casa” de Iris Rivera. productos-los-viejitos-de-la-casa-imagen_1-original_518
Una historia para pensar los encuentros y desencuentros de los miembros de la familia -en este caso dos abuelos-. Los desacuerdos, que muchas veces intentamos pasen desapercibidos, siempre existen, y los chicos los sienten, los sufren, los viven -aún desde lejos-. Porque no traerlos como tema para charlar en familia a través de este cuento maravilloso y real. Donde el adentro y el afuera de la casa, la lluvia y el sol y la tormenta, son el escenario donde el desacuerdo y el enojo encuentran su lugar de regreso al entendimiento y el amor.

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“Familias raras de este planeta y otros” de Graciela Repúnfamiliasraras091

Un libro lleno de historias de familias raras que nos hacen despanzar de la risa. Porque todos somos parte de familias raras… La autora confiesa “Soy parte de una familia rara… que siempre sale a flote aferrada a libros, libros que en lugar de llevarnos a tierra firme nos mostraban otras dimensiones y espacios.” Este libro en particular invita a pensar las familias desde el humor y la tragicomedia. Nos invita a usar la imaginación y la fantasía para ser feliz.

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“Duplicado” de María Inés Garibalditapaduplicado-marialavezzi-baja
Un libro que nos revela una realidad dura desde el humor y la sinceridad de la mirada de un niño de 10 años. Juano, comeinza a escribir su historia para “sacar las cosas para fuera”, y así no cuenta cuando sus papás se separaron y como no se ponían de acuerdo con quien iba a vivir, un juez decidió duplicarlo para que pueda vivir con los dos papás a la vez. Pero claro, esto trajo muchos inconvenientes.
Debo advertirles que puede ser un tema doloroso, pero está abordado de una manera muy inteligente y sensible. Para pensar en los espacios que le damos a los chicos en nuestras decisiones, y como los afectan. Para entender que pensar en ellos primero, es pensar como familia.

 

 

Jornadas Cedilij 2015 – Poesía Riesgo y Abrazo

El 12 y 13 de Junio asistimos  a las Jornadas de Cedilij 2015, dadas en llamar: Poesía – Riesgo y Abrazo.

Aquí van las crónicas que salieron como resultado de la experiencia, para contar, para explicar, para compartir la experiencia vivida.

Conferencia de Iris Rivera – Vivir en Poesía

Hoy comenzaron las jornadas 2015 – poesía riesgo y abrazo organizadas por el Cedilij en la ciudad de córdoba.
Este año estas jornadas configuran un espacio donde pensar, debatir y encontrarse con la poesía, sus desafíos, sus cruces, los encuentros posibles, los silencios que hay que nombrar.
El inicio se realizó con un homenaje a Laura Devetach quien recientemente fue nominada para el premio Hans Christian Andersen, el premio de lij más importante a nivel internacional.
Para la apertura de la jornada Susana Allori, presidenta de Cedilij, enfatizó en la necesidad de recuperar la poesía en la escuela y en la vida. “Arriesgarse a la poesía para que nos abrace” dijo Susana, como una invitación y un desafío.
Susana nos propone repensar la poesía en la escuela y recuperar la literatura en la escuela fuera de las directrices didácticas y pedagógicas. Recuperar la poesía como arte, como placer poético. Porque la poesía nos une de una manera única, a través de los sentidos y las emociones, que todos compartimos. Somos iguales dentro del poema, porque el poema nos abarca, nos incluye, somos el poema. Porque, parafraseando a Luara Devetach, “Todo cabe en el poema. Ningún sentimiento le es ajeno a la poesía”.
La conferencia inaugural estuvo a cargo de Iris Rivera, escritora y poeta. Laura Escudero al presentarla fue contundente y dijo: “Iris vive en estado de poesía y eso no se ve todos los días”.
Iris Rivera hablo desde los sentidos, cantando y contando poesía, que es la forma más sincera de hablar. Y el auditorio se llenó de olores y de colores, de sonidos y palabras, que ya no eran palabras, eran piedras
y hierba,
rosetas de pururú
y fuego
y agua,
y botellas donde cabe el mar.
Iris habló de la poesía no ya como un texto escrito en forma de verso en una hoja, en un libro, en un estante de la biblioteca. Hablo de la poesía como un estado que nos invade, al que llegamos, algunos antes otros después, para sumergirnos.
Para leer un poema hay que releer el poema:
“Leer escuchando
una y otra vez,
una y otra vez,
una y otra vez,
hasta que estalla la poesía”.
Encomendó a quienes trabajan en las aulas o como mediadores de lectura a animarse al riesgo de leer poesía, de invitar poesía, de convidar a los otros el poema. “Nunca trates de explicar el poema. Contá, lee, ofrecé poesía” dijo. Porque la poesía se siente y se vive, y eso no se explica, no se enseña, no puede ser evaluado. Por eso en el aula no se puede esperar que todos los alumnos vivan la poesía de la misma manera o en el mismo momento. El estallido que nos inunda de poesía se produce de manera individual, única, irrepetible.
La poesía habla más de mí que la estoy leyendo que de ella misma. Cuando uno es capaz de sentir ese estallido poético propio, entonces es capaz de ofrecer a los otros de una forma sincera el encuentro poético.
La jornadas nos invitan a vivir en estado de poesía, hemos aceptado el desafío.

por Carolina Pittinari

Convite de poesía con Yolanda Reyes.

De pronto el tiempo ya no era el tiempo del hoy.
Nos fuimos a la infancia.
Sentados con la rodillas cerca de la cara.
El sol entraba y no, calentaba y no. Frío de aula vacía.
Y el silencio del poema antes de nacer.
Verde pizarrón, blanco tiza, en tu saco,
todos los colores.
Y no eran palabras, no era verso, ni letras, ni tinta, ni papel.
Eran sonido, eran acento, eran voz,
eran vos.
“Otra vez”, se escuchó, entonces
la poesía volvía.
Como péndulo
tu voz, tus gestos, tu cuerpo eran uno en el poema.
“Otra vez”, se escuchó, entonces
la poesía volvía.

Por Carolina Pittinari.

Taller el lenguaje de las cosas. Una aproximación al resplandor poético de los objetos.

Dictado por Laura Escudero, Juliana De Diego y Flavia Caminos.

Fue un taller lleno de silencios. Varios objetos cuidadosamente seleccionados y palabras.
Palabras que se decían,
y se repetían
y se multiplicaban.

Extrañamiento
No lenguaje
Objetos
Singularidad
Poesía.

Hay ahí, en el centro una mesa de objetos.

Los objetos que dejan de ser y se transforman en el verso del poema. Los poemas de María José Ferrada

Yo elegí la naranja.
Redonda
brillante
jugosa.
Evocando las sobremesas al sol del invierno. Y el olor de la infancia en las manos que siempre tiene olor a tierra y naranjas.

Todas las elecciones son así, azarosas y deliberadas. Todas evocaban la infancia, el hogar, las manos de la abuela o la madre. Como sí todos quisieras volver a ese lugar del no lenguaje. A la quinta existencia como explica Laura en las palabras de Quignard Pascal.

Pensar el lenguaje poético de las cosas es abordarlas por afuera de las palabras que la nombran, abandonando el lenguaje utilitario, los lugares comunes, los límites.
Es ver en un plato un mar, la luna de queso, un pañuelo una carta, un ropero un prado florecido.
Es dejarnos abrazar por las cosas del poema como si fueran otras cosas, nuevas, desconocidas, ajenas, que vienen a colmarnos.

Por Carolina Pittinari