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#recomendacioes2017

#Recomendaciones2017

“El hombre que pisó su sombra y Mi animalito” de Gustavo Roldán. Ilustraciones de Eleonora Arroyo
Dos poemas clásicos del gran escritor para niños  Gustavo Roldán en una reedición de Loqueleo pensada especialmente para Primeros Lectores. Escrito en imprenta mayúscula con ilustraciones a todo color página plena súper divertidas.
La primera una historia sin fin del hombre que pisó su sombra y…
Y luego un niño nos cuenta cómo es su “animalito” y las cosas que le gusta hacer con el.
Un libro hermoso para compartir los pasos de los que se animan a leer solitos, para leer y volver a leer juntos.

 

EL CHINGOLO de Gustavo Roldán

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EL CHINGOLO de Gustavo Roldán

Nunca fue tonto el Chingolo; incluso algunas veces tuvo problemas por ser demasiado pícaro, pero hasta al mejor cazador se le escapa la liebre…

Y esa vez se descuidó de puro abreboca. O tal vez no, tal vez estaba demasiado cansado por haber estado todo el día persiguiendo chingolitas. Estas cosas no se saben nunca con toda claridad.

Lo cierto es que una mañana muy fría, en que cayó una helada como para enfriar hasta el infierno, el Chingolo se despertó con las patitas en un charco que se había congelado.

Logró dar algunos saltos con las patas metidas en el trozo de hielo, pero no había formas de sacarlas de ahí. Entonces comenzó a buscar ayuda.

-Señor Sol –le dijo al Sol-, ¿podría ayudarme y derretir este pedazo de hielo que me tiene preso?

-Lo haría con gusto –dijo el Sol-, pero no puedo porque me ataja una Nube

-Señora Nube, ¿podría ayudarme y derretir este pedazo de hielo que me tiene preso?

-Me gustaría ayudarte – dijo la Nube-, pero no puedo porque me empuja el Viento.

Señor Viento, ¿podría ayudarme y derretir este pedazo de hielo que me tiene preso?

-Nada me gustaría más que ayudarte – dijo el Viento-, pero no puedo porque me ataja el Quincho.

-Señor Quincho, ¿podría ayudarme y derretir este pedazo de hielo que me tiene preso?

-Lo haría, Chingolito, claro que lo haría, pero no puedo porque me quema el Fuego.

A los saltos, siempre con las patitas juntas, fue a buscar al Fuego.

-Señor Fuego, ¿podría ayudarme y derretir este pedazo de hielo que me tiene preso?

-Lo haría con toda alegría, pero no puedo porque me ataja la Piedra.

-Señora Piedra, ¿podría ayudarme y derretir este pedazo de hielo que me tiene preso?

-Me gustaría –dijo la Piedra-, pero no puedo porque sólo el Hombre me mueve de mi lugar.

El Chingolo nuevamente saltó y saltó con las patitas juntas, hasta que llegó a la casa del Hombre.

Y con todo cuidado rompió el trozo de escarcha y dejó libres las patitas del Chingolo. Pero de tanto andar a los saltos con las patas juntas ya se había acostumbrado a vivir así.

Y así siguió para siempre. Y también para siempre se quedó cerca de la casa del Hombre, comiendo los trocitos de maíz que nunca dejan de caer del mortero, unas veces porque saltan con los golpes y otras veces porque el Hombre saca un puñado bien molido y lo desparrama para que no le falte comida a este compañero tan alegre y divertido.

Fuente: http://www.cuentosparachicos.com/

EL VUELO DEL SAPO de Gustavo Roldán

EL VUELO DEL SAPO de Gustavo Roldán  sapo1

–Lo que más me gusta es volar –dijo el sapo. Los pájaros dejaron de cantar. Las mariposas plegaron las alas y se quedaron pegadas a las flores…

El yacaré abrió la boca como para tragar toda el agua del río.

El coatí se quedó con una pata en el aire, a medio dar un paso. El piojo, la pulga y el bicho colorado, arriba de la cabeza del ñandú, se miraron sin decir nada. Pero abriendo muy grandes los ojos.

El yaguareté, que estaba a punto de rugir con el rugido negro, ese que hace que deje de llover, se lo tragó y apenas fue un suspiro.

El sapo dio dos saltos para el lado del río, mirando hacia donde iba bajando el sol, y dijo:
–Y ahora mismo me voy a dar el gusto.

–¿Está por volar? –preguntó el piojo.

–Los gustos hay que dárselos en vida, amigo piojo. Y hacía mucho que no tenía tantas ganas de volar.

Un pichón de pájaro carpintero se asomó desde un hueco del jacarandá:
–Don sapo, ¿es lindo volar? Yo estoy esperando que me crezcan las plumas y tengo unas ganas que no doy más. ¿Usted me podría enseñar?

–Va a ser un gusto para mí. Y mejor si lo hacemos juntos con tu papá, que es el mejor volador.

–Sí, mi papá vuela muy lindo. Me gusta verlo volar. Y picotear los troncos. Cuando sea grande quiero volar como él, y como usted, don sapo.

El piojo miraba y comenzaba a entender.
El yacaré seguía con la boca abierta.
El tordo y la calandria se miraron y decidieron que era hora de intervenir.

–Don sapo –dijo el tordo–, ¿se acuerda de cuando jugamos a quién vuela más alto?

–Ustedes me ganaron –dijo la calandria– porque me distraje cantando una hermosa canción, pero otro día podemos jugar de nuevo.

–Cuando quiera –dijo el sapo–, jugando todos estamos contentos, y no importa quién gane. Lo importante es volar.

–Yo también –se oyó una voz que venía llegando–, yo también quiero volar con ustedes.

–Amigo tatú –saludó el sapo–, qué buena idea.

–Pero no se olvide de que no me gusta volar de noche. Usted sabe que no veo bien en la oscuridad.

–Le prometo que jamás volaremos de noche –dijo el sapo.

La pata del coatí ya parecía tocar un tambor del ruido que hacía subiendo y bajando.

El yacaré cerró los ojos pero siguió con la boca abierta.

Los ojos de la pulga y el bicho colorado eran como una cueva de soledad. Cada vez entendían menos.

El sapo sonrió aliviado.

El tordo y la calandria le habían dado los mejores argumentos de la historia, y ahora el tatú le traía la solución final, ya que el sol se acercaba a la punta del río.

–¿Se acuerda, amigo sapo –siguió el tatú–, cuando volábamos para provocarlo al puma y después escapar?

–¿Así fue? Yo había pensado que el puma era el que escapaba.

–No exageremos, van a pensar que somos unos mentirosos.

–¡Y qué otra cosa se puede pensar! –dijo la lechuza, que había estado escuchando todo.

–Gracias –dijo el sapo en voz baja, como para que lo escucharan solamente sus patas.
Eso era lo que estaba esperando. Alguien con quien discutir y hacer pasar el tiempo.

–En todo el monte chaqueño no hay mentirosos más grandes –siguió la lechuza–. Y ustedes, bichos ignorantes, no les sigan el juego a estos dos.

–¿Cuándo dije una mentira? –preguntó el sapo.

–¿Quiere que hable? ¿Quiere que le diga?

–Hable nomás –dijo el sapo, contento porque la lechuza lo estaba ayudando a salir del aprieto.

–Mintió cuando dijo que los sapos hicieron el arco iris. Mintió cuando dijo que hicieron los mares y las montañas. Cuando dijo que la tierra era plana. Cuando dijo que los puntos cardinales eran siete. Cuando dijo que era domador de tigres. ¿Quiere más? ¿No le alcanza con esto?

Fuente: http://www.cuentosparachicos.com/

Recomendados – “El viaje más largo del mundo”

“El viaje más largo del mundo” de Gustavo Roldán

“Corrieron, saltaron, volaron… Juntos, los animales del monte enfrentaron todos los obstáculos para llegar a ese lugar misterioso que valía la pena conocer.

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Cuentos para la hora de Dormir

Historia de Pajarito Remendado de Gustavo Roldán

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El árbol era como una fiesta de cantos y colores. Docenas, cientos, miles de pajaritos de toda clase se juntaban para ensayar sus canciones apenas amanecía. Y entonces el día parecía más lleno de luz y el monte se vestía de fiesta.

Ahí estaban todos los pajaritos. Estaba el tordo pico blanco y la calandria, la torcacita y el cardenal, el siete colores y la viudita, la cotorrita verde y el hornero, la tijereta y el picaflor.

Estaban todos y también estaba Pajarito Remendado.

Y aquí comienza la historia porque, al fin y al cabo, ésta es la historia de Pajarito Remendado.

Se llamaba así desde que una tarde, peleándolo, la urraca le gritó:

– Cra cre cri, Pajarito Remendado, cri cro cru.

Y así le quedó el nombre para siempre, porque sus plumas de distintos colores parecían los remiendos de un traje viejo.

Ese día en que el árbol era como una fiesta de colores, Pajarito Remendado se posó en la rama más alta. Y ahí, mientras silbaba a todo silbar, pasó un aguilucho y, rápido como rugido de sapo, cayó sobre Pajarito Remendado y se lo llevó por los aires.

– Ya tengo comida para mis pichones -pensó contento el aguilucho, con el pajarito apretado en el pico.
– ¡Se llevan a Pajarito Remendado! ¡Se lo lleva el aguilucho! -gritaban los pájaros desde las ramas.
– ¡Se lo lleva el aguilucho! -gritaba el tordo.
– ¡El aguilucho se lo lleva! -gritaba la paloma.
– ¡Que lo suelte, que lo suelte! -gritaba la calandria.

Muerto de miedo, Pajarito Remendado pensó que se acercaba su hora, pero los gritos le dieron una idea.

– ¡Que lo suelte, que lo suelte! -seguían gritando todos.
– Señor aguilucho -dijo Pajarito Remendado-, mire qué pájaros meteretes.

El aguilucho siguió volando, pero miró con curiosidad el árbol lleno de gritos.

– Sí señor aguilucho, no puede ser que se metan en los problemas ajenos.
– ¡Que lo suelte! ¡Que lo suelte! -seguían los gritos.
– ¡Esto no puede ser! -dijo Pajarito Remendado- ¡Dígales que qué les importa!
– ¡Qué les importa! -gritó el aguilucho abriendo grande el pico.

Pero cuando terminó de hablar se encontró con el pico vacío, y vio a lo lejos que Pajarito Remendado se escapaba, riéndose a más no poder. Se escapaba, todavía un poco muerto de miedo, pero un mucho muerto de risa.

FIN ✿◕‿◕✿
Gustavo Roldán (Versión libre de un cuento folclórico)

Visto en: Palabramundo 1º EGB. Ed. Colihue

Dulces sueños y buen despertar. Nos leemos Mañana!

¿Querés leer más? visitá www.bibliopequeitinerante.blogspot.com 

Recomendación del Rincón – “Todos los juegos el juego”

 

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Título del libro: Todos los juegos el juego

Autor: Gustavo Roldán

Ilustrador: Daniel Roldán

Descripción:  María y su hermano, el Negro, son los protagonistas de estas aventuras de barrio, compartidas con el grupo de amigos, teñidas del sabor y la complicidad de los primeros amores. La magia de la literatura de Roldán en un libro lleno de historial cotidianas con las que todos los niños podrán identificarse.

Cuentos para la hora de dormir

EL TROMPO DE PALO SANTO de Gustavo Roldán

El trompo giraba y giraba abriendo un huequito en la tierra.

Primero había bailado en un enorme círculo que se fue cerrando cada vez más, hasta quedarse quieto, casi inmóvil, casi hasta hacer dudar si no estaba clavado en el suelo.

-¡Se durmió!- dijo el Negro en voz baja, un poco como para no despertarlo. -¡Mirá cómo se durmió!1-el_trompo_de_palo_santo_roldan

-¡Sin cabecear siquiera!- dijo Atilio. – No hay un trompo como éste.

-¿Es cierto Atilio? ¿Es cierto lo que dice el Negro?- preguntó el Rubio, que acababa de llegar.

-Si lo dice el Negro no debe ser cierto.

-Dijo que su trompo es de palo santo.

-Y bueno, alguna vez tenía que decir la verdad.

-Bah, no puede ser. ¿Quién vio un trompo de palo santo?

El trompo comenzó a hamacarse perdiendo fuerzas. Cabeceó para un lado y para otro, giró acostado en la tierra y se quedó inmóvil.

Cinco manos chocaron tratando de agarrarlo primero. María fue la más rápida, y apretó al trompo en una mano que no alcanzaba a cubrirlo.

-¡Vamos, vamos!- dijo Atilio- las mujeres no se meten con mi trompo.

-Eh, Atilio, ¿no me vas a dejar?

-Las mujeres no juegan con trompos-dijo el Negro, tratando de quitárselo. – Las mujeres nunca saben nada.

-¡Más mujer será tu abuela!

María escondió la mano y dio un paso para atrás. El Negro se quedó con la mano estirada.

-María, mejor te vas volando de aquí. Nadie te dio vela en este entierro. Dame o te lo quito.

-¿Por qué no hacés la prueba?- dijo retrocediendo otro paso.

-¡No comencemos con peleas! Ahora estamos con cosas serias-dijo Atilio.

-Atilio vos sabés que yo lo puedo hacer bailar. ¿No me dejás una sola vez?

-Bueno, pero dale. Una sola, ¿eh?

María agarró el piolín con un poco de miedo. No era fácil manejar ese trompo con todos los chicos esperando que hiciera las cosas mal. Lo peor era cuando estaban en barra, entonces no le perdonaban que fuera mujer. De uno en uno las cosas eran diferentes, pero ahora estaban juntos, y para peor con un trompo nuevo, de palo santo, con el que todos querían jugar.

-Dale, María, siempre te metés en lo que no te importa.

Claro que a ella le importaba. Demasiado tenía que aguantar en su casa con esas tontas muñecas que le regalaban. Bueno, tontas no, también eran lindas y las quería, pero eso de las chicas no corren, no saltan y no suben a los árboles… Atilio y el Negro eran los únicos que les ganaban a subirse a los árboles. Y con los barriletes la cosa era bien pareja. Que el Negro dijese esas barbaridades no le importaba, total, era su hermano. Pero que Atilio…

-¡Dale María, dale…Nos hacés perder tiempo a todos…

María lo miró al Negro con furia. Y el Negro conocía esas miradas de su hermana. ¡Pero cómo molestaba metiéndose todo el día con sus amigos! Lo único bueno era que nunca iba con cuentos. Pero se bañaba todos los días, no faltaba nunca a la escuela, se sacaba las mejores notas.

-Dale, María, dale- dijo el Rubio.

-Dejála tranquila- dijo Atilio- hace bailar los trompos mejor que vos.

María se puso colorada. Midió la distancia con los ojos eligiendo el mejor lugar, se afirmó bien adelantando un pie y con las piernas abiertas, como su mamá le decía que no debía pararse una señorita. Pero qué hacerle, ya había descubierto que el gran secreto de los muchachos para tirar una piedra, correr más rápido, saltar más lejos, era no pararse como una señorita.

-¡Dale María!

-¡Dale María!

Lo que faltaba. Ahora también los otros chicos, los más chicos, que no se metían en la pelea, comenzaban a apurarla.

María sonrió sin decir nada. No hacía falta. Sabía otro secreto que aprendiera jugando con los muchachos. Para tirar una piedra o hacer bailar un trompo había que separar el codo del cuerpo. Más alto o más bajo, pero siempre el brazo con el codo hacia fuera.

El brazo de María se levantó y bajó como un latigazo, en un movimiento perfecto, casi invisible, y los ojos de todos se clavaron en el trompó que silbaba convertido en una cosa viva.

La música pareció salir del trompo. Era una música suave y adormecedora, un pequeño vals que hablaba de barrios y glicinas, de un pedacito de cielo en una ventana enrejada.

Como sin querer acompañaron con el cuerpo el ritmo de la música, como sin pisar el suelo giraron y giraron, como sin darse cuenta Atilio y María se tomaron de la mano y se miraron a los ojos, se abrazaron y bailaron.

Girando como el trompo se juraron amor para siempre, sin decir ninguna palabra. Cerrando los ojos se dejaron llevar por la música y soñaron los sueños más dulces. No se dijeron ninguna palabra, que es como decir todas las palabras, mientras el baldío se cubría con madreselvas y jazmines y los árboles de la vereda eran lapachos florecidos y el mundo era hermoso porque las manos se entrelazaban, se soltaban, y las puntas de los dedos se acariciaban lentamente mientras el sonido se borraba y apenas quedaba el recuerdo como un sueño.

Los chicos volvieron al baldío. Ahora, sin silbar, el trompo seguía bailando, como inmóvil. María se alejó en silencio. Después de todo, también era hora de jugar un rato con sus muñecas.

Atilio la alcanzó.

-Chau, María- le dijo. -Cuando haga un barrilete nuevo va a ser para vos.

-¡Qué lindo! Bueno, chau.

Se fue caminando despacito, pero apenas se alejó unos metros comenzó a saltar, sonriendo, casi llorando, pero contenta. Sobre todo muy contenta.

FIN
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Hasta Mañana!