EL CHINGOLO de Gustavo Roldán

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EL CHINGOLO de Gustavo Roldán

Nunca fue tonto el Chingolo; incluso algunas veces tuvo problemas por ser demasiado pícaro, pero hasta al mejor cazador se le escapa la liebre…

Y esa vez se descuidó de puro abreboca. O tal vez no, tal vez estaba demasiado cansado por haber estado todo el día persiguiendo chingolitas. Estas cosas no se saben nunca con toda claridad.

Lo cierto es que una mañana muy fría, en que cayó una helada como para enfriar hasta el infierno, el Chingolo se despertó con las patitas en un charco que se había congelado.

Logró dar algunos saltos con las patas metidas en el trozo de hielo, pero no había formas de sacarlas de ahí. Entonces comenzó a buscar ayuda.

-Señor Sol –le dijo al Sol-, ¿podría ayudarme y derretir este pedazo de hielo que me tiene preso?

-Lo haría con gusto –dijo el Sol-, pero no puedo porque me ataja una Nube

-Señora Nube, ¿podría ayudarme y derretir este pedazo de hielo que me tiene preso?

-Me gustaría ayudarte – dijo la Nube-, pero no puedo porque me empuja el Viento.

Señor Viento, ¿podría ayudarme y derretir este pedazo de hielo que me tiene preso?

-Nada me gustaría más que ayudarte – dijo el Viento-, pero no puedo porque me ataja el Quincho.

-Señor Quincho, ¿podría ayudarme y derretir este pedazo de hielo que me tiene preso?

-Lo haría, Chingolito, claro que lo haría, pero no puedo porque me quema el Fuego.

A los saltos, siempre con las patitas juntas, fue a buscar al Fuego.

-Señor Fuego, ¿podría ayudarme y derretir este pedazo de hielo que me tiene preso?

-Lo haría con toda alegría, pero no puedo porque me ataja la Piedra.

-Señora Piedra, ¿podría ayudarme y derretir este pedazo de hielo que me tiene preso?

-Me gustaría –dijo la Piedra-, pero no puedo porque sólo el Hombre me mueve de mi lugar.

El Chingolo nuevamente saltó y saltó con las patitas juntas, hasta que llegó a la casa del Hombre.

Y con todo cuidado rompió el trozo de escarcha y dejó libres las patitas del Chingolo. Pero de tanto andar a los saltos con las patas juntas ya se había acostumbrado a vivir así.

Y así siguió para siempre. Y también para siempre se quedó cerca de la casa del Hombre, comiendo los trocitos de maíz que nunca dejan de caer del mortero, unas veces porque saltan con los golpes y otras veces porque el Hombre saca un puñado bien molido y lo desparrama para que no le falte comida a este compañero tan alegre y divertido.

Fuente: http://www.cuentosparachicos.com/

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