Dominó de Cecilia Pisos

Dominó de Cecilia Pisos

¿Y si voy corriendo? No, mejor a caballo. Si voy corriendo, pareceré un simple mensajero entre dos reinos. En cambio, si voy a caballo, una, voy a transpirar menos, y dos, que será más probable que me llamen “caballero”, como a mí me gusta.

Ahora que ya estoy montado, ¿cruzo o no cruzo el puente? Si cruzo el Puente de la Mala Suerte, llego hasta la torre de la princesa pero me pego la mala suerte seguro. Si no lo cruzo, me quedo aquí tranquilito comiendo mi pan con queso pero de la princesa, no veo ni un rulo.

Y bueno, me arriesgo, cruzo. ¡Ay, mamita! ¡Qué miedo! Si pierdo el equilibrio, me caigo del caballo y me raspo las rodillas con las Filosas Piedras del Fondo. Si no lo pierdo, dicen que el puente se hace más corto a partir de la mitad.

A ver, a ver, no lo pierdo nada el equilibrio, porque yo, cuidadoso soy. Listo. Sano y salvo del otro lado. ¿Ahora qué sigue?

Uy, el camino se divide en dos. ¿Por dónde voy? A la derecha dice: “Sendero Oscuro” y a la izquierda, “Desfiladero de la Desdicha”. ¡Guau! Tengo que sentarme a pensar. ¿Me siento en esa roca o en la rama de este árbol? Si me siento en la roca, me voy a mantener despierto y seguro tendré las ideas bien claras. Si me siento en la rama tal vez me entretenga con el canto de algún pajarito o quizás me adormezca, apoyado en las hojas verdes. Y entonces tendré unos pensamientos lentos y retorcidos como las enredaderas, que dan vueltas y vueltas y nunca sacan nada en limpio.

A la roca. ¡Auch! Está un poco dura, por cierto. Y bien, ¿dónde estábamos? Ah, sí. Que el Sendero Oscuro o el Desfiladero de la Desdicha. En el Sendero Oscuro andaré a ciegas, puede llegar a haber un pozo y como no lo voy a ver, caeré de lleno en él. Habrá fieras salvajes de las que sólo me enteraría por el brillo de sus ojos… Alguien, un monstruo horrible de diez cabezas, quizás, también podría seguirme y yo ni cuenta darme… En cambio, por el Desfiladero de las Desdichas, el aire es tan transparente que me lastimaré los ojos y entonces lloraré, las lágrimas empaparán mi capa y llegaré hecho un completo desastre ante la princesa. Es claro, por el Bosque Oscuro. Andando.

¡Aaaaaagggggg! ¡Pum! ¡El pozo que me imaginaba! ¿Qué hago? O tejo unas escaleritas de raíz con mucho esmero y mi daga o le chiflo al fiel Bustamante y le tiro una soga para que me remonte hasta arriba. Con lo de la escalerita, voy a tardar demasiado, mejor chiflo: ¡¡¡¡¡fuiiiiiiiiii!!!!!

¿Responderá Bustamante o vendrá algún ogro maléfico que atraído por mi chiflido observará cómo he caído en desgracia, o mejor dicho en el pozo? Si viene Bustamante, enseguida salgo porque es un caballo muy inteligente y me adora. Pero si viene el ogro, mejor que me tape la cara con la capa para que no me reconozca por el chiflido.

¡Ay, la cabezota del ogro! Ya metió la mano el muy tunante y sus dedotes rascan la tierra buscándome… me está sacandoooooooo… ¡afueraaaaaa! Siento el aliento de su bocota y veo su baba caer por el costado como una catarata. Me acerca a sus dientes. No debo dejar que me coma. Si me traga, adiós, mundo cruel, terminaré en la letrina de su mugroso castillo. Si consigo escaparme, me voy a dar un flor de chichón al tirarme desde tan arriba al piso. Preferible el chichón.

Pero, ¿cómo logro que me suelte: le hago cosquillitas con la pluma de mi sombrero o lo pellizco? Si lo pellizco, se va a enfurecer y tal vez apriete más su mano o me clave antes su espantoso y único diente. Mejor, las cosquillitas, que, si no me suelta, por lo menos lo voy a poner de buen humor. Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja… ya está. En el piso otra vez y ¡fuera del pozo! Ahora sí, le chiflo a Bustamante, allá viene. ¡En marcha!

Ah, ¡qué bueno es cabalgar
por el mundo a todo dar,
entonando esta canción,
sin pensar y sin dudar!

¿Qué es ese fuego, allá, por donde sigue el camino? ¿Pasaré, pasaré o me quemaré? Oh, ya veo: es el Dragón de las Siete Llamas, con una te chamusca, con las otras seis, te asa.

Ahora debo decidir: o le hago sacar sus alas a Bustamante y pasamos volando entre el humito o me pongo a excavar ya mismo un túnel. Si le inflo las alas a Bustamante, lo más seguro es que pasemos inadvertidos, mezclados en algún enjambre de pegasos o tal vez, el dragón nos vea y nos pegue el manotazo. O mejor, dicho, el garratazo. Si cavo, puede ser que lleguemos convenientemente a las mazmorras del castillo de la princesa. Pero también puede que, entre tantas raíces retorcidas, equivoquemos el camino y aparezcamos del otro lado del mundo. Y muy lejos de la princesa, por cierto. Mejor, volamos, ¿no, mi caballito? ¡Hacia allá! ¡Aleteando sin parar!

¡Ya está! Pasamos entre sus garras ardientes y ni nos vio. Son un poco tontines los dragones, creo.

¡Ahora, sí! Ya veo cómo tocan el horizonte las torres del castillo de la hermosa princesa… ¿Estará en su pieza o en la azotea? Porque si está en la azotea, puedo aterrizar directamente con Bustamante y ahí mismo arrodillarme y declararle mi amor, sin que ningún guardia lo note. Pero si está en su pieza, voy a tener que conseguir una escalera para asomarme a la ventana, no hay dudas. A ver, mi caballito, planeemos bien cerca del castillo, así puedo ver dónde se encuentra.

En la pieza, sonamos. A buscar la escalera.

Por suerte estaba esta apoyada en la muralla, debe ser la que usan en este reino para treparse y matar a flechazos a los enemigos. Quedate aquí, Bustamante, los dos no podemos subir.

Ah, me mareo, ya sabía yo que el vértigo me iba a arruinar la carrera de príncipe. ¿Y si no subo nada? ¿Y si le grito desde aquí? Si le grito, capaz que me escucha el padre y me tira encima los guardias o los cocodrilos del foso. Y si me quedo callado, desde aquí abajo no me va a ver y a lo mejor, me descubre el capitán, si se pone a ordenar las cosas de las batallas y busca la escalera. Mejor sigo subiendo, despacito, escalón por escalón y sin mirar para abajo.

Así, así, muy bien… Ya casi estoy… me arreglo el sombrerito, las calzas, las hebillas de los zapatos y la llamo: ¡Princesa! Ahí sale. ¿Y ahora qué hago: me declaro de a poquito, le voy, así, preguntando por el tiempo y después hablamos de cómo le va en la escuela y qué figuritas colecciona y al final, le digo? ¿O mejor la agarro de repente y no la dejo pensar, así me dice que sí y no lo duda?

La agarro de repente, a ver:

—Adoradísima dama de mis sueños, excelentísima princesa de mi corazón: he pasado todos los desafíos que me salieron al encuentro, me perdí en los caminos, me sometí a los peligros de la oscuridad, al fétido aliento de un ogro, a la garra calcinante de un dragón, a las alturas más vertiginosas sin un asomo de duda porque yo, oh, princesa, te amo. Ahora decime, ¿quieres casarte conmigo: sí o no?

—No.

—Pero… pero… ¿”No” así nomás, de golpe o ya lo tenías pensado de antes?

—No.

—¿No qué: no de golpe o no de antes?

—No.

—¿Definitivo o provisorio? ¡Princesa! No, no huyáis. ¡No me abandonéis! ¡Princesa! ¿Princesa? ¿Qué hago acá parado? ¿Me bajo o espero?. Mejor bajo.

Vámonos, Bustamante, vámonos a casa a jugar al dominó. El que saca doble seis, empieza. Esperá un poquito, ahora que lo recuerdo… ¿dónde me dejé la caja del juego? ¿Estará en la mesa del jardín o en el cajón de los juguetes?


Cecilia Pisos (ceciliapisos@yahoo.com.ar) es Licenciada y Profesora en Letras. Como escritora y poeta, se dedicó especialmente a los libros escolares y a la literatura infantil y juvenil.

Fuente: http://www.imaginaria.com.ar/

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